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Sade
20 de mayo de 2008
En esta ocasión comparto con ustedes, una parte de lo que
constituye una búsqueda emprendida por mi persona –y tantas
otras- hacia la plenitud del espíritu levemente desplegado
en mis breves escritos anteriores. Con ustedes, EL PRECEPTOR
FILOSOFO, del MARQUES DE SADE.
De todas las ciencias que se inculcan a un niño cuando se
trabaja en su
educación, los misterios del cristianismo, aun siendo sin
duda una de las
materias más sublimes de esta educación, no son, sin
embargo, las que se
introducen con mayor facilidad en su joven espíritu.
Persuadir, por ejemplo, a
un muchacho de catorce o quince años de que Dios padre y
Dios hijo no son sino
uno, que el hijo es consustancial a su padre y que el padre
lo es al hijo, etc.,
todo esto, por necesario que sea no obstante para la
felicidad de la vida es más
difícil de hacer comprender que el álgebra y cuando se
quiere tener éxito, uno
se ve obligado a emplear ciertas equivalencias físicas,
ciertas explicaciones
materiales que, por desproporcionadas que sean, facilitan,
sin embargo, a un
muchacho la comprensión de la misteriosa materia.
Nadie estaba tan plenamente convencido de este método como
el padre Du Parquet, preceptor del condesito de Nerceuil,
que tenía unos quince años de edad y el rostro más hermoso
que fuera posible contemplar.
- Padre -decía día tras día el joven conde a su preceptor-,
de verdad que la
consustancialidad está por encima de mis fuerzas, me es
absolutamente imposible concebir que dos personas puedan
convertirse en una sola: aclaradme ese misterio, os lo
suplico, o ponedlo al menos a mi alcance.
El virtuoso eclesiástico, deseoso de tener éxito en su
educación, contento de
poder facilitar a su discípulo todo aquello que un día
pudiera hacer de él un
hombre de provecho, ideó un procedimiento bastante
satisfactorio para allanar
las dificultades que hacían cavilar al conde, y este
procedimiento, tomado de la
naturaleza necesariamente, tenía que resultar bien. Hizo
venir a su casa a una
jovencita de trece a catorce años y tras asesorarla
convenientemente la unió a
su joven discípulo.
Y bien -le pregunta-, amigo mío, ¿entendéis ahora el
misterio de la
consubstancialidad? ¿Comprendéis ya con menos dificultad que
es posible que dos personas se conviertan en una sola? -Oh,
Dios mío, claro que sí, padre -responde el encantador
energúmeno-; ahora lo entiendo todo con una facilidad
sorprendente. No me extraña que ese misterio constituya,
según se dice, toda la alegría de los seres celestiales,
pues es agradabilísimo divertirse haciendo de dos uno solo.
Algunos días más tarde el joven conde rogó a su preceptor
que le diera otra lección, pues pretendía que había aún algo
en el misterio que no comprendía bien y que no podría
explicarse más que celebrándolo una vez más en la forma en
que ya lo había hecho. El complaciente clérigo, a quien
esta escena divertía probablemente tanto como a su alumno,
hace volver a la muchachita y la lección vuelve a empezar,
pero esta vez el clérigo, singularmente emocionado por el
delicioso panorama que ofrecía a sus ojos el guapo muchacho
de Nerceuil consubstanciándose con su compañera, no pudo
resistirse a intervenir en la explicación de la parábola
evangélica y las bellezas que con ese motivo recorren sus
manos acaban por inflamarle totalmente.
Me parece que esto va demasiado de prisa -exclama Du
Parquet, agarrando al
condesito por la cintura-, excesiva elasticidad en los
movimientos, por lo que
resulta que no siendo tan íntima la conjunción no refleja
adecuadamente la
imagen del misterio que hay que demostrar aquí... Si nos
ponemos, exacto de esta forma -prosigue el pícaro,
obsequiando a su joven discípulo con lo mismo que éste
ofrece a la muchacha. ¡Ah! Dios mío, ¡que me hacéis daño,
padre! -exclama el muchacho-. Y además esta ceremonia me
parece inútil. ¿Qué otra cosa me enseña sobre el misterio?
-¡Oh diablos! -contesta el eclesiástico, balbuceando de
placer-. ¿Pero no ves, amigo mío, que te lo enseño todo de
una vez? Esto es la Trinidad, hijo mío… Hoy te estoy
explicando la Trinidad, cinco o seis lecciones más y serás
doctor de la Sorbona. |