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“Ahí está
el detalle…”
“Es que vos
tenés mucho y a mi no me alcanza; es que vos te ves bien y
yo me veo fatal; es que vos pudiste estudiar, y yo no; es
que vos no tenés hijos y yo pago pensión y veo por los de la
casa; es que a vos te va bien en el amor y a mi siempre me
va como a un quebrado…”
¿Vivimos en
una sociedad injusta y desajustada? Hagamos un breve
análisis de las quejas más comunes y su contraparte.
Las
diferencias.
Desde niños
todos conocimos el peso de nuestras diferencias en relación
a otros niños. ¿A quien no le pusieron apodos o se sintió
marginado ya fuera por una distorsionada percepción de la
belleza, inteligencia, condición social o simplemente por
ser impopular? Por más inocencia y ternura, nadie sale
invicto de la difícil etapa de enfrentar las diferencias en
la niñez, y eso es un hecho garantizado.
La
inequidad social.
La cuna no
fue de oro para todos, pero sobrevivimos a las carencias y
hoy estamos aquí. La realidad es que no está en nuestra
genética social agradecer lo que se tiene, sino más bien
sufrir por lo que no se tiene. En cualquier nivel social
nunca pareciera que llega el día en que lo tenemos todo.
“Tengo, luego existo…” Es la filosofía del consumismo en
casi todas las sociedades capitalistas. Y no es que tener
esté mal, pero ¿vale la pena sufrir por las cosas que no
tenemos? Tener representa la espiral infinita de
necesidades que nunca se acaban y es una trampa sicológica
que nos embarga el verdadero sentido de lo que significa
poseer. En otros tiempos seríamos privilegiados por vivir
las ventajas de una vida moderna, pero aun así nos sentimos
carentes y desafortunados. Hay que saber disfrutar de la
prosperidad en todas sus formas y no concentrarnos en lo más
incierto como el dinero y los bienes materiales pues existen
muchos otros bienes que valen mil veces más como la salud,
la familia, los amigos y el trabajo.
La
apariencia física.
Nuestros
cuerpos cambiaron conforme a la herencia genética, pero
fueron realmente nuestros hábitos alimenticios y la rutina
de vida a lo largo de varios años los que modificaron en
gran medida la estructura física que hoy tenemos. No todo
fue producto de la mezcla de dos apellidos como a muchos les
conviene pensar para aspecto. El gusto para vestir y tener
ese “look” apropiado a nuestra realidad también es un apoyo
accesorio importante pero a cada quien le toca asesorarse y
lograr el mejor cambio posible de acuerdo a sus
posibilidades. No hay justificación para quienes han
convertido su cuerpo en el lugar a donde van a parar todos
los vicios y malos hábitos de vida.
Las
oportunidades de superación.
La gran
mayoría hemos tenido el privilegio de estudiar en escuelas y
universidades públicas subsidiadas por el Estado al punto de
que las diferencias con las instituciones privadas son
pocas, y hoy en día se pueden aprovechar los programas de
apoyo para estudiantes de escasos recursos. En el mercado
de trabajo quizá no todos fuimos descendientes de un
apellido privilegiado que nos resolviera el dilema laboral,
pero con estudios bajo el brazo y mucho empeño cualquiera
puede vivir decentemente en este país.
La
economía.
Todos
siempre cometemos errores con la plata, pero podemos
aprender el valor del dinero y lo mucho que trabajamos para
ganarlo, pero no todos eligen creerlo así e insultan su
propio esfuerzo malgastando cuanto cinco llega a sus manos.
Para muchas personas andar siempre sin plata es la historia
de siempre y solo ruegan porque llegue la quincena para
volver a malgastar el cheque en la fiesta del fin de semana
o pagando las deudas de todo aquello que compraron y quizá
no necesitaban. El dinero no es un recurso renovable, si se
gasta se acabo y punto. Hay que trabajar duro para tenerlo y
no importa si es mucho o poco, una sana administración de
los recursos puede hacer la diferencia entre una persona que
tiene y otra que nunca tiene. Irónicamente la mayoría de
los problemas económicos de la gente nada tienen que ver con
el dinero, sino con sus malas decisiones.
Los
compromisos adquiridos.
En cuando a
las obligaciones y compromisos, muchos han tenido que ayudar
a sus padres y hermanos menores a salir adelante, lo cual
siempre es una tarea loable. Pero el tiempo pasa y los más
pequeños aprenden a valerse por sí mismos en algún punto de
la vida y las obligaciones se vuelven más llevaderas. Toda
persona mayor de edad que este en buenas condiciones físicas
y mentales tiene la responsabilidad de asegurar parte de su
sustento de alguna manera, pero muchas personas deciden
pasar de la responsabilidad moral a la total alcahuetería.
El amor.
Decidir
tener una pareja es una decisión importante y cualquiera
tiene derecho a considerarla. Aquí nadie nace aprendido y
casi siempre cometemos los mismos errores hasta dos veces.
Pero más de tres es masoquismo y en ese caso solo queda
recetar ayuda profesional, leerse un buen libro de
auto-ayuda o quedarse a vestir santos. Hay que ser más
honestos con nosotros mismos y no justificarnos con la farsa
de creer que el destino nos ha desfavorecido, porque el
destino nunca elige por nosotros. No hay elección más libre
que la que tenemos de a quien amar.
Los hijos.
Tener hijos
es una decisión que requiere compromiso, vocación y mucho
amor. De nosotros depende que tantos compromisos queramos
seguir adquiriendo sin terminar sacrificando nuestra
felicidad por ello. Como recetaba una vieja publicidad por
ahí: “tenga los hijos que pueda hacer felices”, y yo le
agregaría sin pensar “porque solo así usted podrá ser feliz
también”. Todo lo demás es falta de ganas de ponerse un
condón, tomarse una pastilla o domesticar el mamífero que
todos llevamos dentro. Responsabilidad sobre nuestros actos
es lo único que nos puede ayudar a no cargar con más de lo
que podemos soportar.
Finalmente
y para concluir, vuelvo a la pregunta original. ¿Vivimos en
una sociedad injusta y desajustada? ¿O será más bien que no
hemos comprendido que elegir es el recurso más importante
que tenemos para hacer de nuestra realidad lo que realmente
deseamos?
Como diría
Cantinflas, “ahí esta el detalle…”
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