¿Cara o cruz?

28 de julio de 2010

Hace algunos años recuerdo esa conversación con un amigo que me contaba sobre su dificultad para lograr establecer una relación de pareja que durara más de dos o tres semanas. Como ese lector confundido, revisaba diferentes libros que sugerían ser interesantes, pero luego de holearlos un rato los devolvía a su lugar siempre buscando otro mejor. Su vida se había vuelto una biblioteca de historias de cama. Hasta podía darse el lujo de clasificarlas como historias de terror, aventura, pasión o fantasía. Pero ninguna merecía ser considerada un “best seller”.  Más de diez años pasaron y las vueltas de la vida me lo trajeron de vuelta para terminar sentados en el mismo café conversando sobre las mismas cosas: trabajo, amigos y romance.  Para mi sorpresa, la máquina del tiempo nos transporto hacia aquella primera charla porque justo en el tema del amor me narró sus tragedias de encuentros fallidos, solo que esta vez multiplicadas por diez años más.

 

Por más que traté de sonsacarle algo que me hiciera pensar que su visión de las relaciones había evolucionado en algún punto de su maratón de sábanas, no logre más que descubrir que mi amigo sufría de una patología terrible: se había vuelto adicto a las aventuras efímeras. El facebook y el Chat eran sus aficiones diarias y para eso hasta se compro un celular con conexión a Internet para no perder oportunidades de estar buscando nuevos encuentros que terminarían como siempre en nada.  Para algunas personas esto no suena extraño ni enfermizo pues gustan de la variedad en el sexo,  pero para mi amigo había representado una verdadera fortuna en terapias con sicólogos, libros de auto-ayuda y juegos de video con tal de reducir su frustración por no lograr una relación exitosa: “es que le falta madurez”, “es que resulto tener pareja”, “es que nunca tiene plata”…

 

Los años le habían traído algunas canas y arrugas y su aspecto había desmejorado un poco, pero su habilidad para saltar de una cama a la otra era todavía la de un atleta. ¿Encuentra esto familiar? Quizá resulte aterrador pensar que también somos de los que gustan reciclar círculos viciosos año tras año, aunque no necesariamente en ese mismo departamento.

 

No he vivido lo suficiente para confirmarlo, pero todo esto me sugiere que de alguna forma somos impulsados a caer en los mismos patrones de conducta por razones más allá de nuestra comprensión. Según los budistas, esto es causado por energías bloqueadas que atraen y se alimentan de más experiencias dolorosas, generándose una especie de “saldo negativo” que acumulamos lo largo de la vida. Le llaman Karma y si no se corrige, se hereda a la vida siguiente.  Los cristianos traducen el karma como “la cruz” que todos debemos cargar. Pero me pregunto… ¿Es necesario vivir cargando una cruz?

 

Los entendidos en el tema sugieren dos caminos para anular esta cadena de malas decisiones: el primero es madurar el karma hasta que alcance su punto de quiebra (en palabras nuestras “tocar fondo”) donde quizá ya no toleremos más sufrimiento y rompamos el círculo por efecto de rebote, o el segundo que es contrarrestar la energía negativa con acciones positivas (en palabras nuestras “amarrarse los pantalones”) que nos alejen de tomar las mismas decisiones sobre el mismo problema.

 

Cualquiera que sea el caso, una vida sin karma ni cruces siempre será una mejor manera de vivir y valdría la pena intentar encontrar el atajo cuantas veces sea necesario y no dejar que un destino caprichoso escoja por nosotros cara o cruz.

 

No vaya a ser que sin darnos cuenta estemos contando la misma historia cada vez que alguien nos pregunte: ¿Y cómo va todo?...