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Hace algunos años recuerdo esa conversación con un amigo que
me contaba sobre su dificultad para lograr establecer una
relación de pareja que durara más de dos o tres semanas.
Como ese lector confundido, revisaba diferentes libros que
sugerían ser interesantes, pero luego de holearlos un rato
los devolvía a su lugar siempre buscando otro mejor. Su vida
se había vuelto una biblioteca de historias de cama. Hasta
podía darse el lujo de clasificarlas como historias de
terror, aventura, pasión o fantasía. Pero ninguna merecía
ser considerada un “best seller”. Más de diez años pasaron
y las vueltas de la vida me lo trajeron de vuelta para
terminar sentados en el mismo café conversando sobre las
mismas cosas: trabajo, amigos y romance. Para mi sorpresa,
la máquina del tiempo nos transporto hacia aquella primera
charla porque justo en el tema del amor me narró sus
tragedias de encuentros fallidos, solo que esta vez
multiplicadas por diez años más.
Por más que traté de sonsacarle algo que me hiciera pensar
que su visión de las relaciones había evolucionado en algún
punto de su maratón de sábanas, no logre más que descubrir
que mi amigo sufría de una patología terrible: se había
vuelto adicto a las aventuras efímeras. El facebook y el
Chat eran sus aficiones diarias y para eso hasta se compro
un celular con conexión a Internet para no perder
oportunidades de estar buscando nuevos encuentros que
terminarían como siempre en nada. Para algunas personas
esto no suena extraño ni enfermizo pues gustan de la
variedad en el sexo, pero para mi amigo había representado
una verdadera fortuna en terapias con sicólogos, libros de
auto-ayuda y juegos de video con tal de reducir su
frustración por no lograr una relación exitosa: “es que le
falta madurez”, “es que resulto tener pareja”, “es que nunca
tiene plata”…
Los años le habían traído algunas canas y arrugas y su
aspecto había desmejorado un poco, pero su habilidad para
saltar de una cama a la otra era todavía la de un atleta.
¿Encuentra esto familiar? Quizá resulte aterrador pensar que
también somos de los que gustan reciclar círculos viciosos
año tras año, aunque no necesariamente en ese mismo
departamento.
No he vivido lo suficiente para confirmarlo, pero todo esto
me sugiere que de alguna forma somos impulsados a caer en
los mismos patrones de conducta por razones más allá de
nuestra comprensión. Según los budistas, esto es causado por
energías bloqueadas que atraen y se alimentan de más
experiencias dolorosas, generándose una especie de “saldo
negativo” que acumulamos lo largo de la vida. Le llaman
Karma y si no se corrige, se hereda a la vida siguiente.
Los cristianos traducen el karma como “la cruz” que todos
debemos cargar. Pero me pregunto… ¿Es necesario vivir
cargando una cruz?
Los entendidos en el tema sugieren dos caminos para anular
esta cadena de malas decisiones: el primero es madurar el
karma hasta que alcance su punto de quiebra (en palabras
nuestras “tocar fondo”) donde quizá ya no toleremos más
sufrimiento y rompamos el círculo por efecto de rebote, o el
segundo que es contrarrestar la energía negativa con
acciones positivas (en palabras nuestras “amarrarse los
pantalones”) que nos alejen de tomar las mismas decisiones
sobre el mismo problema.
Cualquiera que sea el caso, una vida sin karma ni cruces
siempre será una mejor manera de vivir y valdría la pena
intentar encontrar el atajo cuantas veces sea necesario y no
dejar que un destino caprichoso escoja por nosotros cara o
cruz.
No vaya a ser que sin darnos cuenta estemos contando la
misma historia cada vez que alguien nos pregunte: ¿Y cómo va
todo?...
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