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EL ESLABÓN PERDIDO DEL AMOR
(Dedicado a mi amigos Alberto, Robert, Andrés y Jorge)
¿Se aman realmente las parejas?
La vida, mi única religión. Donde mi
primer encuentro con el amor vino de la mujer que durante 35
años aun decide amarme incondicionalmente a pesar de todo. Luego
vino el amor del padre, similar al de la madre y el de los
hermanos, que tuvo que madurar en forma un poco más
competitiva. El amor de los amigos, algunos fugaces y otros
sobrevivientes. Y finalmente el amor de pareja.
Mi primera experiencia de pareja fue
tan inocente como el niño al que le cuentan que la luna es de
queso y la mira pensativo cada noche. A pesar del poder de las
endorfinas, logre traspasar el interés sexual y emocional hasta
el deseo de compartir y aprender mutuamente. Los detalles están
de sobra. Solo interesa saber que durante años nos crucificamos
tantas veces hasta que ya no pudimos resucitar más esa
relación. La intervención divina requirió de varios exorcismos
para liberar mi agobiado corazón de tantos demonios que quedaron
atrapados. Pero luego, una segunda oportunidad de amor con otra
persona llego y me ayudo a recobrar la fe en el amor de pareja
otra vez. Para mi asombro descubrí que el primer amor resucito
lentamente, pero esta vez sin deseo ni pasión, ni locura. Hoy
somos muy buenos amigos.
Sin embargo “la crónica de un
segundo rompimiento anunciado” fue inevitable. Nuevamente la
religión de la vida me pido un voto de humildad el día que por
segunda vez se me rompió el corazón. ¿Cuántas veces más debía
pasar por esto? ¿Me volví acaso esclavo del ritual doloroso del
amor? ¿Era eso lo que me esperaba una tercera y cuarta y quinta
vez, hasta coleccionar tantas historias de amor como pudiera?
Para mismos procedimientos, mismos
resultados...
Había un eslabón perdido en la
receta del amor que necesita encontrar. ¿Qué componente secreto
tenía el amor de una madre o el del amigo que lo hacía
imperecedero? Encontré que esos amores nunca tuvieron acuerdos
que usualmente hacen las parejas. Nunca hubo una estructura de
horarios, reglas, ni compromisos. Si alguna vez olvidaba el
cumpleaños igual era querido. Si olvidaba llamar o hacerme
presente igual me recibían después. Si había sido infiel de
alguna manera, nunca dejaron de amarme tampoco. Era la
confirmación de que a final de cuentas no había a receta. Tan
solo se trataba de la decisión espontánea de amar.
Te golpea enterarte que el amor
romántico que aprendiste en las canciones, las películas y la
poesía casi siempre nacen de la necesidad del ego por el
reconocimiento de una persona que no tiene la menor idea de
quién eres. Ha sido la misma danza de la dependencia emocional
disfrazada de amor durante miles de años. Un amor de la mente,
que dura lo que dura el encantamiento o los arreglos convenidos
entre las partes. ¿Me ocurrió eso a mí? Tal vez si, tal vez no.
Reconozco que intente cambiar y manipular sus vidas en mil y una
formas sin éxito. No importa si mis intensiones fueron buenas o
no, igualmente fui responsable del caos que termino con esa
fantasía de pareja.
Hoy creo que no existen diferentes
clases de amor como siempre se suele categorizar. Amor de
amigo, amor de pareja, amor de familia. Unos más grandes que
otros y todos con distinta duración, función e intensidad. ¿Se
puede contabilizar el amor?
Amor comercial. Amor de temporada.
Amor solo si soy equitativamente correspondido. Ninguno
proviene de ese lugar que sobrepasa todo razonamiento. El que va
más allá de la distancia, el tiempo y la carne. Ese que logra
que los padres amen infinitamente y los amigos no tengan fecha
de caducidad. Ese que perdona que tu pareja fuera torpe, infiel
o manipulador. El amor real no es un contrato con clausulas
como se contrata casi todo en esta vida. No tiene currículo ni
se puede medir ni alimentar de méritos tampoco. El amor es una
decisión que no nace del ego y cuando se decide amar a otro
nunca sacrificamos el amor propio.
En cuanto a las parejas, no queda
mucho que nos ayude a garantizar su longevidad. Quizá su
objetivo nunca ha sido ese, sino el aprendizaje constante por el
bagaje de la vida. Lo cual no le resta importancia en nuestro
crecimiento personal. Aun cuando se rompa la ilusión, el amor
siempre encontrara la forma de sobrevivir y con el tiempo
idearemos una nueva forma de relacionarnos. Quizá esta vez libre
de la herencia social y el convencionalismo sobre lo que
representa ser una pareja.
En la vida la única fortuna que
acumulamos es el amor que ganamos a través de las personas. Si
no aprendemos eso, seremos pobres por siempre. Viéndolo así, la
próxima vez que piense en amor de pareja decidiré amar a quien
nunca renuncie a ser mi amigo, por convertirse en un compromiso.
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