¿Jugamos al amor?

19 de enero de 2011

 

Es la intoxicación de enamorarnos, la adrenalina, la ilusión, como todo el que creyó en el amor a primera vista…pero después de entrar y salir “del amor” varias veces uno comienza a preguntarse ¿A que estamos jugando?  Y nos damos cuenta de que el siguiente romance que llega carece de credibilidad para nuestros amigos y familiares.

 

Todo enamoramiento es un torrente descontrolado de endorfinas cuando alguien nos apetece sexualmente. Nadie debería sentirse culpable por eso, pero difícilmente es garantía para una relación seria y duradera.  Todas las maravillosas e intoxicantes fantasías que suceden cuando nos enamorarnos rara vez tienen que ver con la persona que estamos conociendo. Una persona que en realidad nos conviene tardaría mucho tiempo en demostrarlo más allá de sus encantos naturales, usualmente meses o años, pero nunca días o semanas.   La atracción física siempre buscará recrear el escenario idílico con el único fin de lograr la relación sexual, pero si al final volvemos a aterrizar de nariz, significa que aún nos faltan kilómetros por recorrer antes de entender el verdadero juego del amor.

 

Cuando conocemos a alguien pensamos que será cuestión de acomodo y suerte y nos dejamos llevar ciegamente. Nuestros sentidos físicos fueron programados para esto. Pero usualmente se pierde el interés apenas la atracción sexual queda saciada y entonces viene la decepción de todas aquellas cosas que no nos gustaron, porque ya sin endorfinas la anestesia contra la realidad se acabó.  Este ritual ha existido desde siempre, donde estamos dispuestos a sacrificar autoestima, dinero, tiempo, emociones y cualquier cosa con tal de repetir la excitación una vez más. Hay quienes han hecho de esto un deporte y viven felices para contarlo sin mayores consecuencias,  pero no es el caso de la mayoría que todavía sueña con príncipes y hadas y siempre terminan con otro parche en el corazón.

 

Pero a pesar de todos los desencantos, sí creo que existan las relaciones de pareja relativamente sanas y duraderas. Pero es como la lotería que se juega tantas veces como sea necesario hasta que algún día lleguemos a comprender la verdadera diferencia entre el juego del sexo y el amor.

 

El deseo sexual es impulso natural, abierto, polígamo y muta de gustos a lo largo de la vida, por tanto siempre tendremos que vivir con la premisa de que nadie es ni será por siempre la “última coca cola del desierto”.  No hay sentimiento humano que nos vacune contra las tentaciones del sexo por más felices y realizados que estemos en una relación, excepto una consciencia honesta y realista del tema que sea conversada mutuamente. Solo así podremos sobrevivir sin hipocresías ni doble moral.

 

Por otro lado está el amor, que no nace del instinto, por tanto esta libre de la influencia carnal.  El amor de pareja ocurre solo entre dos personas y rara vez tiene competencia porque no es excluyente, siempre habrá espacio para compartirlo con los demás.  Muchas veces lo confundimos con deseo y obsesión pero opera en una dimensión espiritual, no mental, y es la única energía divina capaz de complementarse en maravillosa armonía con la del sexo.  El amor logra reconocer los defectos y virtudes de otra persona sin idealizarla.  Nace con dificultad cuando los primeros encantos se rompen; es débil y temeroso como un bebé cuando no siempre hay magia ni espontaneidad, pero crece y se fortalece con la convivencia de aquellos que habiendo sido ajenos entre sí, complementan suficiente experiencia para compartir madurez, paciencia y las ganas de seguir conociéndose en el camino, sin miedo de conocer la rutina y el futuro incierto.

 

El juego del amor no se acaba nunca, porque el amor nunca muere aunque esa persona ya no esté. Solo se transforma en humildad y buenos deseos por quien nos enseño poco o mucho en la vida. Y como toda fuente de energía natural, es renovable y con infinita capacidad de volver a nacer cuantas veces así lo necesitemos.

 

Deseándoles a todos fortuna en el amor para este año que recién comienza.