La mano de Dios

19 de enero de 2009

 

Aunque quería todo perfecto, una mejor intención me esperaba detrás de tantas ilusiones preconstruidas por esta mente que todo lo quiere color de rosa…

 

Los planes de todo un año se vieron completados prácticamente en su totalidad… proyectos laborales y familiares, algunos bienes materiales nuevos o reemplazados, paseos, vacaciones, salud, etc. Pero debo reconocer que  pese a todos los esfuerzos que puse con cada recurso mental, físico y espiritual durante 365 días, el saldo final de acontecimientos vividos también tuvo su parte inesperada.  Jamás podríamos obviar esa parte que tan solo le corresponde a ley de lo divino.  Y aunque quizá lo veía venir, igual que la mayoría de las sorpresas, nunca supe con certeza dónde o cuándo sucedería. 

 

Dicen que el azar no existe, que somos el resultado de nuestras propias acciones y por tanto no hay sorpresas, sino consecuencias que nunca anticipamos. Quizá sea cierto o quizás no.  El hecho es que el año viejo no podía marcharse sin ese recuerdo que talvez en los últimos segundos del conteo, pudo más la nostalgia que todo aquello que si resulto conforme a lo planeado.  Es lo maravilloso de la vida, saber que nunca anticiparemos todo lo que nos depara un año más de vida.

El recuento de los daños nunca debe ser visto como una tragedia, sino como la oportunidad para meditar sobre los ciclos que vamos acumulando a lo largo de nuestra existencia. Algunos males fueron necesarios para terminar algo que ya cumplió su cometido,  pese a nuestra resistencia a terminarlo. Algunos otros solo detonan esa voz de emergencia por un cambio mas allá de las simples apariencias, talvez en busca de una catarsis más profunda que cultive raíces para una nueva forma de vivir.   No importa la explicación aparente, lo cierto es que ningún hecho en nuestra vida resulta insignificante o carente de sentido. No hay accidentes que lamentar, sino señales que atender.  En este año que recién termino mi mayor agradecimiento fue a esa fuerza incontenible de naturaleza espiritual que yace en cada ser humano y que nos demuestra que la vida nunca es incompleta, porque aunque siempre olvidamos esos proyectos importantes que nos ayuden a superar nuestra propia miopía espiritual, el universo siempre estará ahí para echarnos “una manita”. 

 

La vida no podría ser más perfecta dentro de nuestra gran imperfección. Los hilos que tejen nuestro destino no dependen tan solo de una ecuación mental, sino de un plan muy superior a las banalidades que buscan el placer y los apegos emocionales y materiales. Y pese a que muchas veces renegamos de nuestra “mala suerte”, y de esos acontecimientos que nos estremecieron y nos hicieron flaquear, pienso que la vida sin espinas no se disfrutaría igual.

 

Porque no se ha amado realmente sino se ha sufrido por ello, porque no somos plenos sin primero ser carentes,  porque no somos quienes somos sin haber dudado de nosotros mismos, porque no conoceríamos la fe sin la incertidumbre y la desesperanza, porque no sentiríamos la vida sin haber sentido la muerte primero…

 

Feliz Año, mucha prosperidad y especialmente sabiduría para reconocer la mano de Dios cuando sintamos que la vida nos jugo mal.