“TELEOPERADOR”

 

El relato es quizá una extensión de la trivialidad de muchas personas.  Se trata de mi batalla personal contra esos malditos días en los que todo parece estar irradiado por la Ley de Murphy.  Todos hemos tenido buenos y malos días, pero no se si han notado que cuando te encuentras una fruta podrida en el canasto, casi siempre aparecen más...  ¿Cómo relacionar eventos que a simple apariencia sugieren estar divorciados unos de otros, pero en el transcurso del tiempo parecieran danzar al unísono de una misma cadena de eventos desafortunados. ¿Casualidad? No lo sé, pero estas cosas nos suceden a todos y la mayor parte de las veces no encontramos explicación aparente.   Al principio cuando llega el primer tropiezo, nos acogemos a la inconmensurable paciencia y “echamos pecho” para que no decaiga el buen ánimo. Luego, al segundo acontecimiento  nos convencemos de que todo puede ser producto de la mala actitud con que asumimos el primer traspié. Pero luego viene la tercera y no precisamente “la vencida”… Para entonces ya perdimos la sonrisa  y decidimos trasladar la responsabilidad al departamento de la racionalidad para tratar de formular un plan de contingencia ante semejante terrorismo contra la torre del ego.  

 

El tiempo transcurre y ya de plano estamos con luz amarilla esperando desconfiados el siguiente “round”, que más pronto que despacio aparece de golpe para demostrarnos que las fuerzas negativas del universo parecieran conspirar contra nosotros.  Agotada la racionalidad en su intento por evadir la situación, la mandamos por un tubo y bajamos a todos “los santos del cielo” para los reclamos respectivos.  Pero cuando los mandatos divinos parecieran estar ocupados en otros menesteres, se nos agota la tolerancia y nuestros sentidos decaen en holocausto total. 

 

Problemas de pareja, asuntos de trabajo, soledad, la familia que hostiga, desavenencias con ser querido, las metas que a mediados de año parecieran no haber arrancado, la plata que no alcanza.  Ustedes pueden continuar la lista por mí…

 

En mi caso personal, cuando ya los buenos consejos y todas las posibles soluciones se agotaron, se que ha llegado el momento de recurrir al Teleoperador.  Posiblemente  ha pasado mucho, mucho  tiempo desde la vez que hice esa última llamada…  

 

Con mi estado de ánimo desmaquillado, el Teleoperador atiende mi llamada y me solicita que espere mi turno para ser atendido. Por impaciente que me ponga, me explica que resulta inútil arraigarse a la impaciencia,  porque de lo contrario, la frustración solo me arrastraría como la crecida de un río.  Me pide mantenerme atento y consciente para su servicio sin preguntas ni porqués.  Mi turno por fin ha llegado y entonces me abandono al dulce tono de su voz que me pregunta “en qué puede ayudarme…”  Cuando intento narrar mis tragedias, el teleoperador interrumpe para hacerme saber que no es necesario explicar lo que ya sabe. Únicamente desea saber lo que esta sucediendo en mi. Trato de ilustrarle el contexto de mis sentimientos pero nuevamente me pide que desista, pues no hay nada que no conozca, excepto lo que realmente siento. Entonces me lanzo directo a contarle lo que deseo cambiar, pero tercera vez me interrumpe y nuevamente pide que no pretenda cambiar nada de lo que ya es, tan solo desea conocer lo que siento en este justo momento. Rendido en su extraña terapia termino confesándole lo que alberga mi corazón. Entonces el Teleoperador hace una pausa que me parece eterna  y me pide que mire hacia  el cielo, donde asombrado veo flotar todas esas circunstancias y situaciones que con tanto afán traté de describirle al principio.  Me pide que no juzgue y que solo me limite a sentir mi existencia.

El sonido de sus palabras me transmite tanta paz y tranquilidad, que logra hacerme sentir conmovido y algo confiado.  Su silencio me saca de la dimensión mental que tanto me domina y me lleva al interior de la gigantesca estructura de mí ser.  Entonces me doy cuenta de lo vasto que soy y de que cuan insignificante es la miseria que siento en comparación con la sumatoria de los miles de momentos que me hicieron sentir exactamente igual a lo largo de mi vida.  Todos ellos fueron una catástrofe en su momento y contexto, pero finalmente fueron superados por la fuerza de mi realidad. 

El Teleoperador me explica que cambiar algo pequeño de todo aquello tan solo restaría esencia a mi propia vida. Entonces comprendo porqué no debe importarme tanto.

 

Quizá y tiene razón.  Quizá no necesito apegarme a los resultados para sentirme con derecho a estar bien. Quizá nada esta realmente sujeto al capricho de un accidente, porque cada situación es perfecta tal cual es.

 

Al final de mi llamada, no quiero volver al mundo real, pero sé que las llamadas de larga distancia son costosas y debo retornar a mi rutina diaria. Solo que esta vez debo recordar que las consecuencias de mis decisiones no determinan quien soy.

 

Como quisiera que la tecnología considerara algún día las llamadas gratuitas para los accidentes del alma…