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The
Yeshiva boy
1 de Agosto de 2010
Nos conocimos a principios de
Febrero cuando coincidimos en un avión de regreso a Costa Rica.
Nuestros ojos se encontraron varias veces en el aeropuerto
primero y luego en el avión, pero no fue hasta que nos cruzamos
en la fila del baño, a 10.000mts de altura, que comenzamos a
hablar.
Hablamos del avión, de Buenos Aires,
de política, de la vida, de religión… y me confesó que era judío
y tenia veinte-tantos años. Seguimos hablando, no me preocupó
que fuera judío o joven. De hecho tengo muchos amigos judíos, y
me parecen muy guapos en general, así que era mi día de suerte!
Además, la edad y diferencia de casi 10 años no sería problema,
pues era muy sensato y maduro. Hicimos clic rápidamente,
teníamos mucho en común.
Al volver a mi asiento, me siguió y
se sentó a mi lado. No importó que sus amigos lo llamaran, no
importó nada. Nos sentamos juntos, y cuando el avión se empezó a
mover por la turbulencia, me tomó de la mano y me tranquilizó
con suaves palabras, y una caricia… si, era mi día de suerte.
Yo estaba en el cielo… literalmente,
y con el estómago lleno de mariposas. Si era cierto, existe el
amor a primera vista.
Comenzamos a vernos,
varias veces por semana, pero nunca los Sábados. Entonces
me contó que es una persona muy religiosa y cuida el Sabbath
cada Sábados. También me contó que solo come Kosher, lo cual
redujo nuestras salidas a comer a uno o dos restaurantes… no hay
muchas opciones Kosher en San José. La frecuencia de las citas
aumento, ahora íbamos al cine, a tomar helados, a cenar, o
simplemente vernos y conversar.
Después de casi tres meses de
vernos, de enviarnos varios mensajes al celular, de hablarnos a
diario… ni siquiera un beso. Solo nuestras miradas se besaban al
cruzarse, solo nuestras pieles se tocaban en el cine, solo los
mensajes en clave escondían un amor que a toda vista florecía.
Al menos así lo veía yo.
Mis amigos me decían que me apartara
de mi Yeshiva boy, me llamaban Barbra, me advirtieron que iba a
sufrir mucho. Que la juventud de él y la religión no iban a
dejarlo amarme libremente como me decían sus ojos. Pero mi
corazón, y los ojos de mi Yeshiva boy me decían algo contrario.
Me decían que me quería y que debía luchar por él. Y así lo
hice.
Seguimos viéndonos, y cada vez me
involucraba más… y cada vez me daban más esperanzas a medias.
Ahí comenzaron los problemas y los miedos. Nos veíamos, salíamos
a comer, unas palabras con doble sentido, una mirada, tal vez un
roce… y luego tres días desaparecido. Ni una sola palabra. Luego
otro mensaje al celular, y comenzaba todo otra vez. A cada
acercamiento, le seguía un distanciamiento. Y yo a punto de
explotar.
Tengo dos buenos amigos, se llaman
Adolfo los dos, y los conoceremos como Adolfo el bueno, y Adolfo
el malo. Son un poco como mi conciencia, y me ayudan con
consejos cada vez que hablamos: Adolfo el bueno me decía que no
lo presionara, que me abriera a él, y esperara a que estuviera
listo. Que lo dejara encontrar su propio camino, a su propio
paso. Adolfo el malo me decía que lo besara, que lo abrazara,
que le arrancara los besos… o lo iba a hacer otro.
Después de un par de meses más en
esta zozobra, de encuentros y desencuentros, de consejos sobre
ser bueno y permisivo, o malo e intrusivo… me decidí. No podía
aguantar más, era todo o nada.
Fuimos a la montaña a pasar el día,
y entre el cielo azul, el atardecer, la lluvia, y la noche
cerrada solo nos miramos. Ni una sola palabra hasta que fue hora
de volver… pero yo no podía volver. No sin decirle lo mucho que
lo amaba para entonces. Y le dije. Le dije que nuestra amistad
para mi significaba mucho más que amistad. Le dije que desde que
lo conocí solo pensaba en él, y que el día era día solo cuando
lo compartía con él. Le dije que moría por besarlo en ese
momento.
Y me respondió… que no era gay. Que
me quería mucho, que me apreciaba mucho, que quería ser mi
amigo… pero que no era gay.
Recogí mis velas, cual navío que
atraviesa un temporal, y me dispuso a dejarme ir. Sufrí mucho,
pero el alivio de decir lo que pienso y siento fue mayor. Ahora,
solo esperar… que llegue otro amor, o que mi Yeshiva boy se
decida y vuelva por mí.
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