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¿Qué se siente cumplir
cuarenta años?
28 de
enero de 2011
El día de mi
cumpleaños cuarenta, alguien por ahí me preguntó qué se sentía
cumplirlos. Mi mente se quedó en blanco tratando de encontrar en
alguna esquina perdida de mis recuerdos alguna sensación ajena a
mi “normalidad” y no encontré nada. Seguía siendo el mismo
carajo, solo que cuarenta veces un año más viejo, cierto es que
me había hecho algunos cambios importantes en mi vida, pero eran
más externos que internos. Me aburrí para siempre de las
discotecas y los bares, ya no lo encuentro ni emocionante, ni
retador. Mi círculo de amigos se redujo al cinco por ciento y
tratar de pasar más allá de las once de la noche se me hace un
acto casi impensable. Cuido muchísimo lo que me llevo a la boca
(estoy hablando de comida) ya que algunas cosas ya no me sientan
tan bien como cuando tenía la mitad de esta vejentud y el gasto
calórico en mi reloj contador me indica, después de una clase de
spinning, que es cierto: -Ya no rindo como antes.
Pero no todo son malas noticas muchachos, les tengo una de
arena, con los años se desprende una especie de luz, imán,
suerte o como quieras llamarlo, hacia un nicho de mercado al que
nos dábamos por excluidos, la gente joven. No sé si es que nos
ven cara de papá ausente, de fundación de becas o de experiencia
en dos patas (quiero pensar que la tercera, no quiero hijos y
menos mantenidos) pero la cosa es que donde quiera que vayas
algún muchacho entre dieciocho y veinticinco de fijo te va a
estar viendo, esto lamentablemente también pasa muy a menudo,
con los hijos adolescentes de nuestro amigos héteros, y ahí sí
es cierto que hago la cruz del sapo pelón. Hay que ser empáticos
con esta última revelación - ¿Si tuviéramos hijos a cuál de
nosotros le gustaría que un amigo de nuestra edad se acostara
con nuestro retoño? –A ninguno claro está. Ahora bien, mi
respuesta para todos los que en algún momento han comentado esto
conmigo es la misma, a los cuarenta jueguen perinola: Toma uno,
Toma todo, Todos ponen, Pon todo. Eso sí, repito, alejen las
tentaciones con hijos de gente allegada o menores de edad, no
vale la pena, no hay polvo que valga una temporada en prisión.
También he visto que algunos al llegar a los cuarenta
definitivamente les entra una picazón fea. Basta sentarse
cualquier sábado por la noche, en las mesas de la entrada de
Café Mundo, para que te des cuenta del desfile de hombres
maduros desesperados por seguir engañando al mundo con su edad.
Ropa que no va acorde con el peso, ni con los años. Peinados de
carajillo engolados de canas. Alguno por ahí he visto hasta
atrapado en los noventas, cuando fue moda, ponerse camisas
talladas al cuerpo, sacar músculos y aparentar una masculinidad
que no se tiene. Gracias a Facebook, también he podido ser
testigo de todo tipo de celebraciones que van desde un queque
con amigos en una mesa de un bar de tercera, hasta fiestas de
blanco en un hotel cinco estrellas reservado solo para la
ocasión, con “amigos” traídos de todas partes del mundo, comida
y bar abierto. En cinco años quiero ver fotos nuevas, para ver
cuántos de esos “amigos” siguen colmando sus vidas. No crean, he
vivido, lo confieso y los seres humanos siempre hacen tres cosas
que avanzan en idéntico orden: los amas, confías en ellos y te
decepcionas.
Para concluir, sin que llegues a pensar que son un amargado, los
cuarenta en algunas personas, también traen una libertad nunca
antes disfrutada, los complejos se quedan fuera, ya no hay que
aparentar ser alguien que no eres, en mi caso he regresado a
estudiar y lo he disfrutado como pocas cosas en mi vida. Digo lo
que pienso siempre, sin medir consecuencias, afectar egos o
susceptibilidades, en nuestro país seguimos viviendo la cultura
del “pobrecito si se lo digo”, yo no, pobrecita mi abuela que
vivió cien años, yo, si un amigo se ve fatal, se lo digo, si se
ve ridículo, se lo digo, si se ve hermoso, se lo digo, si el
novio es un rico, se lo digo, no tengo idea si esta
retroalimentación será buena o mala, pero una cosa si les puedo
decir, los que se dicen mis amigos, lo siguen siendo incluso
después de darle una chaqueteada a mano abierta y con todas las
ganas en la cara, un día que uno de ellos me dijo: -El día que
me vea así de loca, como esa loca, pégame un manotazo.
Se les quiere.
Victor Castro |