|
Confieso que
he vivido.
Noviembre 04 de
2006
Que común es
escuchar en bares y discos una frase tan llena de desprecio como
“no sabes lo guapo que era ese tipo hace diez años, casi no lo
reconozco”. Por Dios, si envejecer es una de las mejores cosas
que nos pueden pasar en la vida, nos pule, nos perfecciona, nos
vuelve sabios, generalmente quienes dicen esas cosas son muchos
de esos tontos que no saben que se van a morir un día y aun
creen que la luna es de queso.
Pensando en esto,
hice una evaluación exhaustiva del paso del tiempo en mi mismo y
la verdad que contrario a deprimirme encontré razones de sobra
para estar orgulloso de no ser el mismo de hace dieciocho años,
cuando tenía veinte y quería comerme al mundo de un bocado.
Encontré mi piel
algo arrugada, causada por sobre exposición al sol, pero no
cambiaría por nada del mundo todos aquellos veranos de cielo
azul perfecto en los que fui más feliz de lo permitido.
Reparé en mis
rodillas, que en noches frías me duelen por haber hecho mas
ejercicio del indicado, pero por nada cambiaría todas aquellas
horas de disciplina que invertí en cambiar mi cuerpo por el
simple hecho de demostrarme a mi mismo que era capaz de
lograrlo.
Describí bolsas
debajo de mis ojos y recordé todas aquellas noches de pasión que
me robaron el sueño, todas aquellas noches de llanto por un amor
no correspondido, todas aquellas noches de estudiar hasta altas
horas de la madrugada, todas aquellas noches de fiesta
embriagado de juventud y cargado de esperanzas.
Encontré libras
de más alrededor de mi cintura y recordé todas aquellas cenas en
buena compañía hablando de mil cosas, descubriendo el amor y
encontrándome a mi mismo, charlando con amigos por horas dándole
un nuevo orden a las prioridades de nuestro universo.
Encontré unas
fotos cuando aun tenía cabello y recordé lo importante que es
aceptarse a si mismo dejando de lado los miedos y comprendiendo
que quien nos ama ve cosas mas allá de las apariencias.
Caí en cuenta que
mis piernas no son las mismas, pero recordé todos los lugares
donde me llevaron, visité países lejanos, escalé pirámides,
descubrí templos, nadé en lagos, recorrí museos y participé en
carreras.
Encontré que mis
brazos ya no son tan fuertes como ayer, pero recordé las veces
que alcé en brazos al amor de mi vida, las noches eternas de
dormir abrazados, el contacto demencial de mis dedos por sus
labios, por su pecho, por su ser.
Descubrí que Dios
si existe a pesar de mis dudas, que es posible el amor después
del amor, que debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos
por todas esas veces que dejamos algo a medias, que la mejor
respuesta es el silencio, que los amigos son la familia que
podemos escoger, que el mejor consejero es tu propio corazón y
que a veces la mejor compañía es tu propia sombra.
|