|
Mauricio
13 de julio de 2008
Hace unos seis años un amigo muy querido decidió suicidarse, lo
hizo justo después de dejarme en casa, arrancó el auto, se fue a
un puente a menos de dos kilómetros de mi casa, se despidió de
otro amigo por teléfono y se lanzó al vacío.
Yo
al día siguiente me iba de viaje en la madrugada y no me pude
enterar de nada estando tan lejos, cuando regresé ya estaba
enterrado, no pude siquiera verlo por última vez, tampoco pude
acariciarlo, ni cargarlo en mis hombros.
Él
era una persona muy particular con su forma de ser y con un tipo
de humor muy por encima del promedio normal. Esa noche que nos
vimos rompió todos sus esquemas, se comportó de una forma
totalmente diferente, me dijo tantas cosas que nunca me había
dicho antes, insistió hasta el hastío en que me llevara los
libros que le había prestado y que aun no había leído, me
preguntó un centenar de veces cuanto lo quería, me pidió que le
dibujara como sería la fachada de un proyecto que estaba
construyendo mi familia, me cocinó mi plato preferido, me pidió
que fuera su novio y a pesar de todas las pistas que me gritaba
en silencio fui completamente incapaz de descubrir las
intenciones de todo lo que tenía planeado para esa noche, para
su última noche. Cuando nos despedimos me abrazó muy fuerte y
me besó en la boca sin rasgos de pasión, pero si con mucho amor,
lo último que recuerdo es su mirada triste diciéndome adiós para
siempre.
Juntos pasamos momentos muy duros con su quimioterapia, noches
terribles de insomnio y vómito imparable, de escalofríos sin
razón y de momentos en que casi rozaba la locura, yo me limitaba
a abrazarlo en silencio, qué mas podía hacer? me sentía tan
terriblemente mortal, incapaz de obrar un milagro, me sentía tan
desalentado que lo único que pude hacer fue darle mi amor sin
reservas y a pesar de tanto amor, cometió el egoísta pecado de
no luchar más, de dejarme solo con mi soledad. No lo juzgué, ni
lo odié por hacerlo, solo él y Dios saben por lo que estaba
pasando, incluso no creo en esa estúpida sentencia de la condena
eterna, Dios es amor y estoy seguro que Mauricio está feliz
donde quiera que eso sea.
A
veces se me olvida como era y entro en pánico, no quiero que su
imagen se disuelva de entre mis recuerdos, así que me concentro
en como era su mirada, de aquel color verde pálido, de su
hermoso cuerpo y de sus pelitos machitos brillando al sol aquel
verano que lo conocí. A veces quisiera viajar en el tiempo a
esa noche y cancelar mi estúpido viaje, a veces creo que el
egoísta fui yo por no poner atención a sus señales, a veces solo
quisiera haberlo querido mas, a veces quisiera poder abrazarlo y
empaparme de su olor y acariciando su cabeza en mi pecho,
decirle mil veces, aquí estoy mi amor.
A
pesar de tantos años transcurridos cuando evoco tu recuerdo me
arde el pecho como una braza, la gente no muere mientras no se
olvide y te juro Mauricio que esto nunca ocurrirá, sigues aquí
entre mis recuerdos más queridos, a veces quisiera llamarte y
contarte que he escrito mas cuentos de esos que te gustaba tanto
escuchar, a veces me encantaría tomar tu linda cara entre mis
manos y decirte bajito: no sabes lo mucho que te quiero machito.
Victor Castro.
|