|
Mi visita a los
Rápidos de Costa Rica fue una experiencia completamente diferente a la
que alguna vez había vivido; sensaciones nuevas y distintas; unas gratas
y otras no tanto; sin embargo aprendí a valorarlas en la forma en como
considero mejor; tomar lo mejor de todo esto y continuar mi vida de la
mejor manera posible; al menos en las cosas que definitivamente no puedo
cambiar.
Fui solo y me
encontré con un grupo interesante de siete personas más el guía, todos
desconocidos, no importando mucho como fueran, al menos hasta ese
momento; no me había dado cuenta lo significativo que podría llegar a
ser para mi el que todos supieran remar a ritmo, trabajar en equipo,
reaccionar rápido ante las distintas circunstancias que se pudieran
presentar y, por supuesto, hablar un mismo idioma.
Durante gran parte
del trayecto el paseo estuvo tranquilo, un bello paisaje, aguas fuertes
pero no amenazantes, una brisa fresca que daba directamente al rostro,
un sol intenso pero no tanto como para que tuviéramos que pensar en que
eso llegaría a dañarnos, canto de pájaros, bromas, chistes y
camaradería; aunque todavía esta ultima no había sido puesta a prueba.
Nadie esperara lo
que podría suceder; al menos nosotros ocho, ciertamente el hombre que
nos guiaba sabía exactamente lo que podría pasar, hacia donde íbamos y
como conducir el bote hacia aguas más tranquilas. De alguna forma, y
aunque el tenia el control “absoluto”, nos dejaba a nosotros hacer
nuestro trabajo y quizás sufrir las consecuencias de la mala reacción
que pudiéramos tener, individual y grupalmente, ante situaciones
inesperadas en todo ese trayecto.
SAS… caímos en lo
que se conoce como un “hueco en el agua”; una parte del recorrido en
donde las aguas se tornan más agresivas y todos tenemos que reaccionar
rápidamente para evitar lo que nosotros no pudimos, uno de nuestro grupo
cayo al agua.
Esto, aunque muchas
veces puede resultar peligroso y hasta cobrar la vida, no siempre sucede
y en la mayoría de los casos simplemente es una experiencia que te da
una nueva lección, para ese momento o para el resto de tu vida, como en
este caso me la dio a mi y me hizo escribir este relato para aquellos
que pueda ayudarles en algo.
Quien se fue agua
era un hombre de alrededor de sesenta y cinco años, alguien a quien
todos habíamos aprendido a seguir y ya se había ganado nuestro aprecio y
respeto. Fue en cuestión de segundos que nuestro viaje cambió y que
quizás nos marcaría para el resto de la vida; una de esas lecciones que
jamás se olvidan.
Por supuesto,
nuestra primera reacción fue dirigir nuestra mirada al guía, quien
parecía tener controlada la situación, y aun ahora creo que así era.
Necesitábamos respuestas a nuestras innumerables preguntas, mismas que
no hacíamos pero eran obvias, pero nada decía, nada respondía, parecía
no reaccionar, aunque ahora pienso que la mejor reacción fue lo que
parecía ser un silencio sepulcral, que nos hacia descubrir las
respuestas que necesitábamos y que de esa manera nos enseñaba a resolver
la situación.
El panorama era
preocupante, nuestro amigo y compañero continuaba en el agua, sin tratar
de acercarse al bote, tal vez por la rama que había entre él y nosotros,
que luchábamos por rescatarlo, por acercarnos y por subirlo a la balsa,
sin lograrlo.
Continuábamos
haciendo miradas cortas a nuestro guía para que resolviera la situación,
pero nada cambiaba, ya nos habíamos dado cuenta que teníamos que
trabajar en equipo, de la mejor manera; y que si en algún momento del
rescate tomábamos una decisión equivocada, seria el instante en donde
nuestro guía y “protector” intervendría para remediar el asunto.
Logramos, con
esfuerzo y planeamiento, quitar la rama que nos separaba de nuestro
amigo en problemas, una vez libre el camino, trabajaríamos en el
rescate. Acercamos el bote, llegamos hasta él, y en un esfuerzo
desgastante, nosotros desde la balsa y él desde el agua, todos logramos
llevarlo hasta nosotros, rescatarlo, salvarle la vida y suponer que
ahora el viaje continuaría como al principio.
Todos, en silencio y
con algunos comentarios aislados, nos preguntamos las causas para que
esto llegar a suceder. Tal vez fue negligencia de nuestro amigo, tal vez
no valoró lo que significaba remar en equipo y por lo tanto perdió el
equilibrio; tal vez fue que alguno de nosotros, sin quererlo, lo arrojó
al agua y nunca conoció su responsabilidad; tal vez estaba destinado a
que esto le pasara y una ola lo empujó sin que pudiera evitarlo, “estas
cosas pasan”.
En fin, nuestro
amigo ya estaba con nosotros, lo habíamos rescatado, habíamos salvado su
vida; ahora todo parecía continuar igual, seguiríamos nuestro trayecto y
terminaríamos un día maravilloso como “Sobrevivientes de los Rápidos de
Costa Rica”, pero cuan equivocado estaba cuando pensé eso.
Nada fue igual…,
habíamos logrado lo que queríamos, habíamos rescatado a quien hasta ese
momento parecía ser nuestro amigo y compañero, y ahora no parecía serlo
tanto. La relación se minó y las culpas empezaron a aparecer en los
rostros de todos nosotros, cada uno con más intensidad, salvo el rostro
de nuestro guía, que parecía seguir impávido ante nuestras reacciones;
pero que estoy seguro, jamás perdió el control del bote, del agua, de
nosotros, de nuestras reacciones, y me atrevo a decir que hasta de
nuestras vidas.
Poco a poco cada uno
fuimos señalando a nuestro amigo por lo acontecido; ¿Por qué te caíste?,
¿Por qué no te agarraste fuerte?, ¿Será que no sabés remar en equipo?,
¿Será que fuiste descuidado?, ¿Será que no nos valoraste o respetaste?,
bla bla bla…
Ahora, viendo todo
esto en perspectiva, estoy seguro que esas preguntas son validas durante
un rato, pero no tanto como todo el resto del trayecto, o durante mucho
tiempo después.
Entonces!, ¿Para qué
lo rescatamos?, ¿Para qué lo trajimos a nosotros si lo que queríamos era
machacarle por su error cometido?. Si logramos nuestro “norte”,
rescatarlo, ¿Por qué era que no teníamos la felicidad absoluta?. Si ya
estaba físicamente con nosotros, ¿Por qué permitimos que el espíritu de
él, que amábamos, se lo llevara la corriente. ¿Por qué, si lo rescatamos
en parte, no lo rescatamos en todo?.
El trayecto por el
río es largo, muy largo, dura toda una vida. No podemos vivir con
cuestionamientos, no podemos vivir con rencor, no podemos vivir
señalando; la vida de todos los miembros del equipo esta en riesgo,
tenemos que reaccionar.
Ahora, repasando los
hechos, me doy cuenta que aunque pensamos que nuestro guía y “protector”
nunca hizo nada por ayudarnos, fue él quien llevó el bote y a nuestro
amigo, hacia aguas más tranquilas, hacia “aguas de reposo” para que
nosotros pudiéramos alcanzarlo, rescatarlo, alzarlo y tal vez abrazarlo;
pero esto último nunca lo hicimos, al menos hasta hoy.
Todo lo que
queríamos era tenerlo entre nosotros, que el viaje continuara como al
principio; pero las cosas no suceden así, los ríos tienen “huecos”
momentos de más intensidad, aguas tranquilas, fuertes brisas; momentos
de paz y momentos en los que para sobrevivir tenemos que trabajar en
equipo, juntos, sincronizados y confiando cada uno en los otros.
¿Qué paso aquí?, me
he preguntado desde entonces. Navegamos por un río furioso, en el que
todos sabíamos que estas cosas, y muchas más, podrían pasar. Todos
estamos propensos a caer al agua, a pegar en una rama o a muchas
distintas situaciones que no podría enumerar. Nunca nadie obtuvo un
tiquete que lo liberara del riesgo; nunca nadie dijo que solo uno de
nosotros podría llegar a caer; nunca nadie dijo que ya el viaje terminó
y que nada más sucederá.
Hoy creo que “la
honra y la gloria” deben ser para ese guía y “protector” que ha
prometido seguir con nosotros el resto del camino, como lo ha hecho con
otros viajantes desde el principio de los tiempos. También creo que
debemos continuar el viaje, juntos; apoyándonos y agradeciendo porque
nuestra primera prueba importante ha sido superada. Y aunque nunca
pedimos vivirla, se resolvió de la manera en como todos, juntos y
separados, oramos para que así fuera.
Al inicio del
incidente todos mostramos amor por nosotros y por nuestro amigo, todos
nos unimos en oración y buscando la mejor manera de resolver la
situación; pero hoy todo ha cambiado, hoy nos unimos en reproches y
rencores; verdaderamente, así, no vale la pena vivir el viaje.
Si vamos a seguir
por “Los Rápidos de Costa Rica”, como familia, debemos superar lo
sucedido, perdonar por lo acontecido; y seguir en oración para tener las
fuerzas suficientes por si alguno de nosotros perdiera, de cualquier
forma, el equilibrio. |