Webmaster

OrgulloGayCR.com

Vinny@OrgulloGayCR.com

 

"Los rápidos de Costa Rica"

¿Quién es el Señor de Señores?

Mi visita a los Rápidos de Costa Rica fue una experiencia completamente diferente a la que alguna vez había vivido; sensaciones nuevas y distintas; unas gratas y otras no tanto; sin embargo aprendí a valorarlas en la forma en como considero mejor; tomar lo mejor de todo esto y continuar mi vida de la mejor manera posible; al menos en las cosas que definitivamente no puedo cambiar.

 

Fui solo y me encontré con un grupo interesante de siete personas más el guía, todos desconocidos, no importando mucho como fueran, al menos hasta ese momento; no me había dado cuenta lo significativo que podría llegar a ser para mi el que todos supieran remar a ritmo, trabajar en equipo, reaccionar rápido ante las distintas circunstancias que se pudieran presentar y, por supuesto, hablar un mismo idioma.

 

Durante gran parte del trayecto el paseo estuvo tranquilo, un bello paisaje, aguas fuertes pero no amenazantes, una brisa fresca que daba directamente al rostro, un sol intenso pero no tanto como para que tuviéramos que pensar en que eso llegaría a dañarnos, canto de pájaros, bromas, chistes y camaradería; aunque todavía esta ultima no había sido puesta a prueba.

 

Nadie esperara lo que podría suceder; al menos nosotros ocho, ciertamente el hombre que nos guiaba sabía exactamente lo que podría pasar, hacia donde íbamos y como conducir el bote hacia aguas más tranquilas. De alguna forma, y aunque el tenia el control “absoluto”, nos dejaba a nosotros hacer nuestro trabajo y quizás sufrir las consecuencias de la mala reacción que pudiéramos tener, individual y grupalmente, ante situaciones inesperadas en todo ese trayecto.

 

SAS… caímos en lo que se conoce como un “hueco en el agua”; una parte del recorrido en donde las aguas se tornan más agresivas y todos tenemos que reaccionar rápidamente para evitar lo que nosotros no pudimos, uno de nuestro grupo cayo al agua.

 

Esto, aunque muchas veces puede resultar peligroso y hasta cobrar la vida, no siempre sucede y en la mayoría de los casos simplemente es una experiencia que te da una nueva lección, para ese momento o para el resto de tu vida, como en este caso me la dio a mi y me hizo escribir este relato para aquellos que pueda ayudarles en algo.

 

Quien se fue agua era un hombre de alrededor de sesenta y cinco años, alguien a quien todos habíamos aprendido a seguir y ya se había ganado nuestro aprecio y respeto. Fue en cuestión de segundos que nuestro viaje cambió y que quizás nos marcaría para el resto de la vida; una de esas lecciones que jamás se olvidan.

 

Por supuesto, nuestra primera reacción fue dirigir nuestra mirada al guía, quien parecía tener controlada la situación, y aun ahora creo que así era. Necesitábamos respuestas a nuestras innumerables preguntas, mismas que no hacíamos pero eran obvias, pero nada decía, nada respondía, parecía no reaccionar, aunque ahora pienso que la mejor reacción fue lo que parecía ser un silencio sepulcral, que nos hacia descubrir las respuestas que necesitábamos y que de esa manera nos enseñaba a resolver la situación.

 

El panorama era preocupante, nuestro amigo y compañero continuaba en el agua, sin tratar de acercarse al bote, tal vez por la rama que había entre él y nosotros, que luchábamos por rescatarlo, por acercarnos y por subirlo a la balsa, sin lograrlo.

 

Continuábamos haciendo miradas cortas a nuestro guía para que resolviera la situación, pero nada cambiaba, ya nos habíamos dado cuenta que teníamos que trabajar en equipo, de la mejor manera; y que si en algún momento del rescate tomábamos una decisión equivocada, seria el instante en donde nuestro guía y “protector” intervendría para remediar el asunto.

 

Logramos, con esfuerzo y planeamiento, quitar la rama que nos separaba de nuestro amigo en problemas, una vez libre el camino, trabajaríamos en el rescate.  Acercamos el bote, llegamos hasta él, y en un esfuerzo desgastante, nosotros desde la balsa y él desde el agua, todos logramos llevarlo hasta nosotros, rescatarlo, salvarle la vida y suponer que ahora el viaje continuaría como al principio.

 

Todos, en silencio y con algunos comentarios aislados, nos preguntamos las causas para que esto llegar a suceder. Tal vez fue negligencia de nuestro amigo, tal vez no valoró lo que significaba remar en equipo y por lo tanto perdió el equilibrio; tal vez fue que alguno de nosotros, sin quererlo, lo arrojó al agua y nunca conoció su responsabilidad; tal vez estaba destinado a que esto le pasara y una ola lo empujó sin que pudiera evitarlo, “estas cosas pasan”.

 

En fin, nuestro amigo ya estaba con nosotros, lo habíamos rescatado, habíamos salvado su vida; ahora todo parecía continuar igual, seguiríamos nuestro trayecto y terminaríamos un día maravilloso como “Sobrevivientes de los Rápidos de Costa Rica”, pero cuan equivocado estaba cuando pensé eso.

 

Nada fue igual…, habíamos logrado lo que queríamos, habíamos rescatado a quien hasta ese momento parecía ser nuestro amigo y compañero, y ahora no parecía serlo tanto. La relación se minó y las culpas empezaron a aparecer en los rostros de todos nosotros, cada uno con más intensidad, salvo el rostro de nuestro guía, que parecía seguir impávido ante nuestras reacciones; pero que estoy seguro, jamás perdió el control del bote, del agua, de nosotros, de nuestras reacciones, y me atrevo a decir que hasta de nuestras vidas.

 

Poco a poco cada uno fuimos señalando a nuestro amigo por lo acontecido; ¿Por qué te caíste?, ¿Por qué no te agarraste fuerte?, ¿Será que no sabés remar en equipo?, ¿Será que fuiste descuidado?, ¿Será que no nos valoraste o respetaste?, bla bla bla…

 

Ahora, viendo todo esto en perspectiva, estoy seguro que esas preguntas son validas durante un rato, pero no tanto como todo el resto del trayecto, o durante mucho tiempo después.

 

Entonces!, ¿Para qué lo rescatamos?, ¿Para qué lo trajimos a nosotros si lo que queríamos era machacarle por su error cometido?. Si logramos nuestro “norte”, rescatarlo, ¿Por qué era que no teníamos la felicidad absoluta?. Si ya estaba físicamente con nosotros, ¿Por qué permitimos que el espíritu de él, que amábamos, se lo llevara la corriente. ¿Por qué, si lo rescatamos en parte, no lo rescatamos en todo?.

 

El trayecto por el río es largo, muy largo, dura toda una vida. No podemos vivir con cuestionamientos, no podemos vivir con rencor, no podemos vivir señalando; la vida de todos los miembros del equipo esta en riesgo, tenemos que reaccionar.

 

Ahora, repasando los hechos, me doy cuenta que aunque pensamos que nuestro guía y “protector” nunca hizo nada por ayudarnos, fue él quien llevó el bote y a nuestro amigo, hacia aguas más tranquilas, hacia “aguas de reposo” para que nosotros pudiéramos alcanzarlo, rescatarlo, alzarlo y tal vez abrazarlo; pero esto último nunca lo hicimos, al menos hasta hoy.

 

Todo lo que queríamos era tenerlo entre nosotros, que el viaje continuara como al principio; pero las cosas no suceden así, los ríos tienen “huecos” momentos de más intensidad, aguas tranquilas, fuertes brisas; momentos de paz y momentos en los que para sobrevivir tenemos que trabajar en equipo, juntos, sincronizados y confiando cada uno en los otros.

 

¿Qué paso aquí?, me he preguntado desde entonces. Navegamos por un río furioso, en el que todos sabíamos que estas cosas, y muchas más,  podrían pasar. Todos estamos propensos a caer al agua, a pegar en una rama o a muchas distintas situaciones que no podría enumerar. Nunca nadie obtuvo un tiquete que lo liberara del riesgo; nunca nadie dijo que solo uno de nosotros podría llegar a caer; nunca nadie dijo que ya el viaje terminó y que nada más sucederá.

 

Hoy creo que “la honra y la gloria” deben ser  para ese guía y “protector” que ha prometido seguir con nosotros el resto del camino, como lo ha hecho con otros viajantes desde el principio de los tiempos. También creo que debemos continuar el viaje, juntos; apoyándonos y agradeciendo porque nuestra primera prueba importante ha sido superada. Y aunque nunca pedimos vivirla, se resolvió de la manera en como todos, juntos y separados, oramos para que así fuera.

 

Al inicio del incidente todos mostramos amor por nosotros y por nuestro amigo, todos nos unimos en oración y buscando la mejor manera de resolver la situación; pero hoy todo ha cambiado, hoy nos unimos en reproches y rencores; verdaderamente, así, no vale la pena vivir el viaje.

 

Si vamos a seguir por “Los Rápidos de Costa Rica”, como familia, debemos superar lo sucedido, perdonar por lo acontecido; y seguir en oración para tener las fuerzas suficientes por si alguno de nosotros perdiera, de cualquier forma, el equilibrio.