|
Una de esas noches en
las que no pasa nada. El viento no sopla, la suave lluvia no deja de
caer. Un poco de frío, aunque no mucho, pero lo suficiente para sentir
que no es una de esas noches en que te podés entretener caminando por
las calles del lugar donde vivís.
¿Qué queda?, mi amigo
inseparable, el computador, con su muy sofisticado e inexplicable
sistema de Internet. Ni modo, como en muchos otros momentos de mi vida,
trataré de conocer nuevas personas, tal vez hacer nuevos amigos y saber
un poco más de las costumbres de otros pueblos latinoamericanos, como el
mío, que día a día intentan salir adelante.
Eran alrededor de las
ocho de la noche, con una Coca Cola y un paquete de cigarros decidí
sentarme en mi escritorio, frente a mi computador de avanzada, pantalla
plana bastante grande, cámara web ultra moderna que transmite colores
aceptables, disco duro suficientemente grande como para almacenar las
fotos que me envíen y un procesador doble, de última generación, que
convierten mi equipo en muy veloz y eficiente.
Páginas y páginas en
busca de contactos, hasta que llegué a Tagged, caminando por ahí,
navegando un poco, revisando fotos y perfiles; de pronto sale a relucir
el perfil de un niño/muchacho de unos 26 años de edad, con fotografías
que parecían sacadas de un catálogo de ropa interior de diseñador.
Excelente bronceado, músculos marcados, sonrisa envidiable, dientes
perfectos; un cabello que parecía sedoso y una nariz puntiaguda. Uno de
esos perfiles que la gente sube con fotografías bajadas de Internet y
trabajadas con PhotoShop; pero no importa, realmente lo que quiero es
conocer personas y culturas, así que no importa que este personaje no
sea el dueño de esa apariencia maravillosa.
“¿Hola, cómo estás?”,
fue mi primera pregunta. Obteniendo respuesta pronta, conectándonos al
MSN muy rápidamente y empezamos a hablar.
Fueron alrededor de dos
horas de conversación, explicándonos como se vive en las diferentes
ciudades, qué nos gusta, qué hacemos, cómo somos, cómo son las personas
que nos rodean, cómo está el clima y demás comentarios aparentemente sin
importancia, pero que me habían hecho invertir todo este tiempo, gastado
la Coca Cola y algunos cigarrillos.
Seguía sin ser
importante si el rostro perfecto de las fotografías eran de él, no
importaba, por dentro me gustaba mucho y como solo era por Internet no
tenía caso que fuera o no real. ¿Cómo preguntarle?, y si se ofende y me
deja de hablar habré perdido algo valioso.
Yo seguía en mi
conversación, riendo, escribiendo rápido, respondiendo a todas sus
interrogantes y fabricando mil preguntas que me hicieran saber como era
en realidad y como era su vida.
Tres horas después, a
mi no se me había ocurrido, pero él dijo: “¿prendemos las cámaras?”,
claro!, ¿qué bien, como no pensé en eso antes?, ¿qué me pasa?, ¿será
parte de mi inexperiencia en este campo o será porque no quiero saber si
es o no?, sus palabras me hechizan y tal vez quiero llevarme todo esto a
mi cama, solo conmigo mismo, a mis sueños y recuerdos, bla bla bla,
encendí la cámara.
No lo podía creer,
aparece en mi pantalla de 25 pulgadas, el rostro de ese lindo muchacho
que estaba en las fotos, solo que ahora un poco despeinado, con una gran
sonrisa y en movimiento.
Sí era, sí era el niño
de las fotos por las que por dicha no pregunté.
Seguimos hablando un
par de horas más, hasta que el amanecer estaba a punto de alcanzarlo.
Argentina recibe el sol algunas horas antes que Costa Rica. Nos enviamos
muchos besos y buenos deseos y nos despedimos con la esperanza de poder
volver a encontrarnos en el ciberespacio en otro momento. Yo estaba
seguro que si la vida quería hacer algo, lo haría.
Pasaron algunos días,
no tuve tiempo de entrar al MSN y no pude volver a verlos hasta
principios de la semana siguiente en que él me contactó para saludarme.
Hablamos como 15 minutos, intensos 15 minutos en los que nos confesamos
lo que aquel primer encuentro nos había causado. Incluso hasta llegamos,
ambos a dejar salir una que otra lágrima provocada por la distancia que
nos separaba; por esas grandes montañas y pantanos que formaban un
barrera casi impenetrable entre nosotros.
¿Impenetrable?, no, no
es cierto, no sería impenetrable en un mundo globalizado. Le envié un
mensaje a la dirección que tenía en su Messenger:
“Hola… no sé por qué pero te extraño. Casi no has estado en mi vida
nunca, más que en dos oportunidades y en varias horas sumadas, pero
te extraño.
No sé que será de mi vida en los próximos años, estoy intentando
construir un futuro, pero no sé como me irá, son planes a largo
plazo. Hoy por hoy quiero hacer planes a corto plazo y me gustaría
conocerte.
Puedo volar a Buenos Aires este sábado, luego de terminar mis
actividades semanales el viernes y regresarme el domingo por la
tarde para estar aquí, en San José, el lunes en la mañana, para
empezar mi rutina.
No sé que pensaré el lunes, no sé como me sentiré, no sé si podré
sobrevivir dependiendo de lo que viva en Suramérica, o si bien
estaré contento de regresar, pero es una prueba que quiero hacer.
En fin… ¿Querés cenar conmigo este sábado, 8pm, en mi hotel? Traje
casual y con ganas de platicar. Besos, Roberto”
Envié el mensaje, no
sabía que tan atrevido pudo haber sido, no sabía si él tenía compromiso
sentimental con alguien, nunca se lo pregunté, y nunca hablamos si yo
estaba o no en una relación. Mis manos sudaban al enviarlo, no imaginaba
la impresión que podría haber causado con ese correo, pero de todos
modos ya fue enviado y no hay nada que pueda hacer ahora. Tuve que
levantarme de mi escritorio para atender una reunión en el piso de
arriba. Una de esas reuniones “de mierda” que suelen durar quince
minutos, pero que hoy tardó casi dos horas.
Regresé a mi
escritorio, era miércoles, estaba preparando unos papeles que llevaría a
mi clase de esta noche. Un último “bajar mensajes” antes de irme y
revisar que no quedaría algo urgente. El pitillo de mensaje nuevo,
claro!, yo esperaba recibir al menos otros diez que podrían ser
respondidos mañana; pero uno de ellos llamó mi atención, entró a la
bandeja de Hotmail. Cuando fui a verlo el asunto decía: “Re: Invitación
a cenar”.
Mi corazón palpitaba
fuertemente, deje sobre el escritorio los papeles que ya tenía en la
mano, y dí un “clic” al mensaje, para poder leer:
“Hola amigo. Me parece una invitación irresponsable y osada.
Ciertamente es un poco apresurada y no pensada con detenimiento,
pero supongo que ya todo eso lo sabés, así que no me hagás caso.
En fin… el sábado a las ocho de la noche (hora de Buenos Aires)
descenderé en el hotel que indicaste. Gracias, será un gusto cenar
con vos. Besos Alejandro.
Terminé de leer el
mensaje, varias veces, me quedé sentado en mi escritorio con una gran
sonrisa y preocupado por el compromiso que estaba asumiendo, pero que no
me arrepentía de hacer. Envié un correo a mi agente de viajes
solicitando el pasaje para el fin de semana y me fui a clases.
Pasó el jueves sin que
nos habláramos o escribiéramos. Yo estaba muy ocupado en la oficina y no
tuve tiempo. El viernes fue igual y el sábado en la mañana tomé el vuelo
a Argentina.
Me registré en el hotel
a las 4 de la tarde y subí a la habitación, me di un baño y me dormí
hasta las 7:15 de la noche. Me desperté algo apresurado, temía no llegar
a tiempo a la cita.
Me di una ducha rápida
pero intensa, utilizando algunos jabones finos que había traído de San
José, comprados en un viaje anterior a Europa; por supuesto una afeitada
y un baño suave de colonia, Tokio de Kenzo, por supuesto. Me vestí como
acostumbro a hacerlo cuando salgo de noche en New York. Pantalón negro,
ajustado, Kenneth Cole, que va perfectamente con una camisa de la misma
marca y diseñador, en el mismo color, con botones plateado suave. Talla
Small, estas me quedan perfectamente. Unos botines de la misma marca y
color, un tanto puntiagudos para estar a la moda, pero no mucho para que
no se vean obsoletos muy pronto. No podía, por supuesto, dejar de usar
la pulsera y el reloj de la misma marca, recordemos que en mis citas
nocturnas en ciudades mágicas, me visto de forma similar.
Fui el primero en
llegar al restaurante, a eso de las 7:50, diez minutos antes de la hora,
es lo que se acostumbra, ¿no? Serán solo 10 minutos de espera, nada más
diez minutos, me repetía en mi cabeza cada 5 segundos, me repetí a mi
mismo 120 veces hasta que dieron las ocho de la noche y mis manos
sudaban tanto que pensé que si no venía pronto me encontraría convertido
en una ciruela pasa.
Oops!, pensé, y ¿como
haré para reconocerlo?, ¿sabré que es él cuando lo vea?, ¿podrá él
reconocerme?, ¿le gustaré realmente?, aunque esta última pregunta no
tenía importancia, ya nos habíamos visto por cámaras y sabíamos que al
menos no nos disgustábamos. Además esta cita era como una cita de
corazones, más que físicamente y en buena teoría no incluye sexo, es
solo pasar un momento maravilloso con alguien que parece ser mágico.
Ocho y dos minutos de
la noche, la luz del lugar disminuyó y el sonido de la música ambiente
elevó su volumen suavemente; un viento fuerte sopló dentro del
restaurante de puertas y ventanas cerradas, un mesero pequeño, blanco y
peinado como de los tiempos de Carlos Gardel, entra seguido por alguien
que definitivamente estaba en busca de un amigo en el salón. ¿Cómo
pensé, en algún momento, si lograría reconocerlo?, o era él, o había una
reunión de dioses en este hotel, en este mismo momento.
Era un hombre de metro
ochenta, cabello relativamente corto y lacio, pero no tanto como para
que el viento que se había desatado no lo moviera suavemente, como
haciendo colochitos en el aire. Ojos color miel, de tono mediano,
grandes y profundos como de Medio Oriente. Una nariz puntiaguda,
perfecta y preciosa; labios rojizos como de modelo brasileño y una
sonrisa que iluminaba su piel blanca.
Vestido con un pantalón
negro de cuadros muy suaves en gris oscuro, sin paletones; y una camisa
lisa, en un tono melón suave, no muy ajustada pero que dejaba ver unos
pectorales trabajados y la ausencia indiscutible de grasa en el abdomen.
Me levanté de mi silla
para su encuentro. Mis manos sudaban intensamente, sentía que no quedaba
una gota de agua en mi cuerpo. Mi cabello estaba inmóvil, igual que mí
ser. Mis ojos brillaban al verlo. Se acercó a mí, viéndome directo a los
ojos, extendió su mano y dijo: “¿te importaría estrechar una mano
sudorosa?”, se la dí, sonreímos y nos sentamos.
Nuestra conversación
inició despacio, necesitábamos tiempo para poder acostumbrarnos a estar
frente a frente. Hablamos de nuestras familias, de nuestros trabajos,
actividades regulares, gustos, pasatiempos y demás; nunca hablamos de
nuestra vida sentimental, si teníamos o no compromiso en nuestros
países, con quienes habíamos estado o cual era nuestro norte en
cuestiones del amor.
La cena estuvo
deliciosa, aunque no la comí toda por estar concentrado en ver sus
movimientos, la forma en como su manos surcaban el espacio de nuestra
mesa cuando estaba emocionado hablando de su práctica en los deportes
extremos o narrando anécdota producidas en algunos de sus viajes.
Disfrutamos mucho cada
vez que reconocíamos un lugar en el que ambos habíamos estado en algún
momento de nuestras vidas y lo que marcaron algunas ciudades en nosotros
y aquellos sucesos vividos que ayudaron a que hoy fuéramos lo que hoy
somos.
La conversación
continúo en medio de momentos tristes de recordar y una que otra
carcajada cuando tocábamos situaciones graciosas, o chistes. La noche
volaba, eran cerca de las diez y un velo de magia había caído sobre
nosotros, separándonos del resto de comensales del lugar y haciendo que
el mesero tuviera que repetir tres veces “¿postre?”, el mundo se había
acabado para nosotros, nada existía. Este era el gran fin de semana que
marcaría algo para mí, y para él. Esta era la noche que yo jamás
olvidaría; este sería el momento que quedaría en mis recuerdos para
siempre y que convertirían a este personaje en el termómetro la próxima
vez que quisiera conocer a alguien de manera más intensa.
De pronto, un “porrazo”
de realidad… ¿Cómo nos despediremos?, ¿tendré la oportunidad de darle
una mano seca, ahora que nuestro encuentro maduró?, ¿podré, sin parecer
muy evidente, darle un abrazo fuerte y estrecho que logre que sus
pectorales penetren en mi pecho, haciéndome sentir que este joven es un
hombre desarrollado y moldeado?, moriría por pasar, al menos, dos de mis
dedos por su mejilla, quiero saber que es real y qué es real; quiero
saber que esa piel no es mantequilla suave que podría perder la forma
con mi contacto.
Dijimos no al postre,
pedimos la cuenta, la firmé a la habitación y ambos nos levantamos y
caminamos hacia la puerta de salida. Yo detrás, por supuesto, no podía
perder la oportunidad de verlo caminar hacia otro lugar que no fuera
hacia mí, tenía que verlo irse para poder creer que alguna vez vino.
Tenía que saber que ahora así como llegó a mi, tendría que partir.
Seguimos caminando,
pasamos la puerta y llegamos al lobby del hotel. Sin que dijéramos
palabra alguna, yo seguía inmerso en mis pensamientos, que se repetían
una y otra vez: “¿Cómo nos despediremos?, ¿podré, sin parecer muy
evidente, darle un abrazo fuerte y estrecho?, … no puedo perder la
oportunidad de verlo caminar hacia otro lugar que no fuera hacia mi…
tengo que verlo irse para poder creer que alguna vez vino… tengo que
verlo irse para poder creer que alguna…”, de pronto, otro “porrazo” de
realidad, ahí estábamos, de pie en el lobby del hotel, puso dos de sus
dedos de la mano derecha, justo en mi sien izquierda y me dijo: “Hey…
tranquilo… tendrás la oportunidad de verme caminar hacia otro lugar que
no sea hacia vos… podrás verme ir y lo creerás, pero eso no será ahora,
no será todavía, no será hoy. ¿Te sigo?”.
Caminé tímida y
nerviosamente al ascensor, seguido por el hombre que había capturado mi
atención por varios días y había creado en mí una gran ilusión a muy
corto plazo; por el hombre que esta noche había acariciado, con sus
palabras, miradas y ademanes, cada uno de mis sentidos. Iba hacia el
ascensor que me llevaría a mi habitación de hotel, en un edificio de no
sé cuantos pisos, en la capital Argentina. ¡Argentina de mi vida para
siempre!
Entramos a esa cajita
metálica de metro y medio cuadrado, solos. Rodeados por un aroma a
alfombras nuevas con una combinación de nuestros perfumes y colonias.
Tardaríamos,
ciertamente, una eternidad para llegar a mi habitación. En ese momento
se acercó, colocó cada uno de sus grandes manos a la pared del ascensor
en la que me recosté de espaldas, creando para mi una jaula, una red de
la que no quería escaparme. Acercó su cabeza a la mía, como quien pide
un beso muy de cerca, pero yo estaba paralizado, como nunca antes lo
había estado y de tal forma que no sería la única vez que en esta noche
sucedería.
Su perfecta nariz de
corte europeo estaba a un centímetro de la mía y sus ojos miraban los
míos. De pronto sonó el timbre que indica que hemos llegado a nuestro
destino, se separó de la pared, sin decir una sola palabra y se puso de
frente a la puerta. Se abrió y salimos caminando por el pasillo, ahora
yo iba atrás, conociendo su espalda, recorriendo cada centímetro de su
cuerpo, observando el movimiento de la tela de su camisa que se movía de
un lado a otro mientras daba los pasos seguros que llevaba, como
guiándome al paraíso; viendo como se movía su espalda baja al caminar,
como invitándome a que seamos uno, uno solo; como seduciéndome o
incitándome a que lo abrace por fuera y lo acaricie por dentro, llegando
a ser un mismo ser y convirtiéndolo en una extensión de mi cuerpo.
¿Cómo sabe hacia donde
vamos?, hasta que se detuvo frente a la puerta de mi habitación y me dio
espacio para abrirla y seguirme hacia adentro.
Entramos, estaba a
oscuras salvo por una pequeña lámpara ubicada en el escritorio en donde
había dejado mi computadora portátil.
Caminé hacia la ventana
que tenía una vista impresionante de Buenos Aires… ¡Argentina de mi vida
para siempre!, cerré las cortinas y al voltearme ya no estaba junto a
mí, ya no estaba donde mi vista alcanzaba y pude ver cerrarse la puerta
del baño. Obviamente entró a refrescarse.
Me senté en la cama, no
sabía que hacer. Todas las partes de mi cuerpo me estorbaban y no sabía
que hacer con ellas. ¿Cruzar las piernas o no?, ¿Poner las manos juntas
o no?, ¿Verlo al salir o hacerle pensar que no me importa? Preguntas y
preguntas venían a mi mente hasta que fueron interrumpidas con música
suave que parecía salir de las paredes. Algo extraño e improbable; pero
no imposible como ingrediente de una noche mágica; la noche que estaba
viviendo y que jamás olvidaría.
En fin… las preguntas
se fueron alejando de mi mente, ya no podía pensar en nada, mi cabeza
estaba en blanco. Por más que intentara pensar en lo que estaba
sucediendo o en lo que podría llegar a suceder, no podía. Trataba de
entrar en cordura, pero no podía. Intentaba repasar uno a uno los hechos
que me habían hecho volar desde Costa Rica, tan solo por un fin de
semana y tan solo por una promesa de alguien que nada prometió; pero no
podía. Mi mente estaba en blanco. Estaba sentado en la cama de un hotel,
a no sé cuantos metros del nivel de la tierra, en una habitación a media
luz, cortinas y ventanas cerradas, y con un hombre, como salido de la
imaginación de aquellos artistas del siglo antepasado que hicieron
esculturas celestiales, encerrado en mi baño, haciendo no sé qué.
Mi cabeza seguía en
blanco, como si estuviera a punto de desmayarme. Pero eso no importaba,
incluso no importaría si esta fuera la forma de morir y así terminaran
mis días para siempre.
Me quité los zapatos y
la faja, recosté mi cabeza en la almohada, me corrí al centro de la cama
y quedé acostado, viendo el techo y con mi cabeza en blanco.
El volumen de la música
aumentó, sin que nadie controlara algún equipo de sonido. De pronto una
brisa suave empezó a volar por la habitación; no venía de ningún lugar,
salía por todos lados. La habitación había cobrado vida, controlaba la
música y la luz; y ahora lo hacía también con la brisa.
Las esquinas del
edredón de la cama empezaron a bambolear sin control; pero las cortinas
estaban inmóviles, impávidas ante la tempestad que esta habitación había
fabricado para continuar con el hechizo.
Los vientos se
centraron en mí, yo era su meta y su fin. Venían de todo lado, suaves
pero fuertes, aunque incluso hoy me cueste mucho explicar todo esto.
Poco a poco los botones de mi camisa fueron desabrochándose, de arriba
hacia abajo; hasta llegar al pantalón que hizo lo mismo. Mi torso estaba
desnudo al frente, sintiendo la brisa que me acariciaba y que hacía que
mi piel se erizara sin sentir frío alguno.
Un poco más fuerte, el
viento chocó contra mi rostro, haciéndome cerrar los ojos por un
segundo; el tiempo suficiente para darme cuenta que estaba acostado en
la cama, boca arriba, con los brazos y las piernas abiertas,
completamente desnudas e inmóviles. Pegado a la cama, sin poder mover mi
cuerpo, incluso mis dedos se rehusaban a responder a las órdenes de mi
cerebro. Era la segunda vez que esto me sucedía, la primera vez en el
ascensor me perdí la oportunidad de dar un beso, y ahora seguro que
también perderé el “chance” de poder coquetear o hasta jugar con mi
amigo… ¿mi amigo?, ¿qué se hizo?, ¿habrá sido que el viento lo trajo y
el viento se lo llevará lejos de mi?. ¿Será que, efectivamente, ahora es
tiempo de morir?
Siempre, muchos de
nosotros, hemos temido a la muerte, pero más que eso le tememos a la
hora en que la muerte llegue. Algunas películas de terror o de miedo nos
muestran la hora en que la muerte llega y como lo hace; así como la
forma que tiene. Tal vez la muerte sea aterradora, pero también es
posible que sea como Brad Pitt en Joe Black, no lo sé. Tal vez, pensé en
ese momento, la muerte no exista como ser, sino que en el momento en que
nos toca partir viene la vida a llevarnos. Tal vez si existe un
personaje “vida” que nos trae y luego nos lleva. Eso puede ser, claro!,
esto es lo que está sucediendo; la vida ha venido por mi y esta
preparando todo para mi partida.
Mis pensamientos fueron
interrumpidos por la puerta del baño que se abrió suavemente. Desde la
cama no podía ver si salía o no, además la luz de la habitación bajó uno
o dos puntos más y la brisa cesó repentinamente, como haciendo
reverencia a quien había entrado o había salido.
Todo esto me gusta, amo
la vida y si es la vida la que viene por mi estoy preparado. Siempre he
dicho que estoy viviendo la vida que siempre soñé, tal vez esto solo sea
un sueño, así que tendré que vivirlo como hasta ahora lo he hecho.
Una bruma blanca se
apoderó de mi vida, no podía ver más que el reflejo de la lámpara en la
habitación y las sombras en la pared, de un hombre delgado pero con un
cuerpo definido, obviamente desnudo, que se acercaba a mi, gateando por
la cama, desde abajo hasta arriba.
Mi cabeza, así como el
resto de mi cuerpo estaban paralizados, no podía ver más abajo de mi
nariz, pero sabía que ahí venía, podía sentir su respiración pese a la
brisa que todavía me acariciaba y que ahora lo hacía con ambos, como
encerrándonos en un capullo del que no queremos salir, y del que no
podríamos escaparnos mientras sigamos deseando lo que en este momento
queremos que suceda.
Sus manos gateaban por
fuera de mi cuerpo, sin tener contacto físico alguno conmigo. ¿Será esta
su costumbre, ni rosar los cuerpos? Casi podía ver su cabello como venía
subiendo por mi cuerpo, sin tocarme todavía, con la mirada baja, como
conociendo cada parte de mi ser, en la parte central. Mis partes
intimas, el “caminito de la felicidad” que lleva, de norte a sur, desde
el ombligo hasta partes privadas; mi abdomen, mi pecho, mi cuello.
Continuó subiendo hasta
que su nariz estaba frente a la mía. Podía saber, sin verlo o sentirlo,
que sus rodillas dobladas estaban cerca de las mías, por fuera de ellas;
y que sus manos abiertas se apoyaban muy cerca de mis hombros.
Pasó sus piernas,
continuando sin contacto físico, dentro de las mías. Podía sentir como
sus vellos se acariciaban con los míos, como quien tiene un primer
contacto, como quien se reconoce, como si ellos supieran que en algún
momento podrían estar tan unidos que no se podrían reconocer cual salía
de una pierna y cual salía de otra.
Sus rodillas empezaron
a estirarse, sus piernas se deslizaban había abajo mientras sus ojos
estaban clavados a los míos. No sonreía, no tenía expresión en el
rostro, pero continuaba siendo el hombre más hermoso que hubiera visto
en mi vida. La brisa soplaba por momentos haciendo que mi cuerpo y mi
ser se impregnaran de su aroma. Podía percibir hasta el sabor dulce que
tenía en su boca, podía, casi, sentir el olor de las lágrimas que estaba
humedeciendo sus ojos suavemente. Era la primera vez que estaba frente a
un hombre que estaba a punto de llorar por pasión.
Sus piernas continuaban
deslizándose muy lentamente, como si esta historia tuviera que durar por
lo menos una eternidad. Que importa, si este es el fin lo acepto lo
recibo con gratitud; y si no lo es seguiré soñando.
Nuevamente los
pensamientos volvieron a mi mente. Continuaba sin poder mover mi cuerpo,
excepto mis ojos que recorrían su rostro milímetro a milímetro. Ya
conocía cada poro por donde quizá mañana se asome un vello facial. Ya
conocía el tamaño de su nariz, y el color de sus cejas y pestañas.
Incluso podría jurar que ya hasta había sentido la textura de sus labios
al chocar con los míos, aunque realmente no había tenido esa
oportunidad.
Nuevamente algo me sacó
de mi recorrido de pensamientos. Me hizo despertar a la realidad al
sentir como hacíamos contacto con nuestro cuerpo, como nuestras pieles
se sentían una a la otra. Su cadera bajó tanto con el deslizar de sus
piernas que se aterrizó en la mía. Era ver como la nave espacial llegaba
lentamente a la luna; era como sentir, ciertamente, que un ángel se
posaba en mi. Ahora lo tenía aterrizado, o alunizado en mí. Nuestra
hombría, nuestras partes íntimas estaban haciendo contacto. Nuestros
penes estaban mejilla con mejilla, si se me permite la comparación, uno
al lado del otro, de pie como soldados que van a la guerra o como
edecanes en una gran ceremonia; firmes, conociéndose, reconociéndose y
acompañándose. Nuestra más grande intimidad estaba junta, unida. Solo se
movían al ritmo de los latidos.
Sus piernas se abrieron
hasta hacer contacto con las mías y continuaron deslizándose cada vez
más, ahora nuestros vellos se restregaban entre ellos. Ya no solo era el
baile inicial, ahora había una guerra que se desataba en nuestras
piernas desnudas, resbalando una contra la otra.
Su torso continuo
bajando hacia el mío hasta que nuestros pechos hicieron contacto. Fue
como una explosión inmensa en la que nada extraño sucede, o al menos
nada que no podamos imaginar.
El ambiente cambió, sus
sombras continuaban libres por las paredes de la habitación, su aroma se
esparcía más fuertemente. El tipo de música se altero de improviso, sin
permitir que la melodía anterior terminara. La brisa ya no acariciaba
mis caderas o pecho, ya no podía, estaba cubierto por su cuerpo; pero
soplaba un viento tibio que atravesaba por medio de nuestros abdómenes,
lugares que por nuestras fisionomías no podían tener contacto.
Su rostro continuaba
frente al mío, lo viró y lo puso sobre mi hombro.
Él estaba inmóvil sobre
mí, yo estaba paralizado debajo de él. La música suave continuaba
decorando el lugar, la brisa bajó su intensidad, casi imperceptible. Las
sombras se reunieron todas en el techo, justo sobre él y bajaron una a
una, hasta alcanzarlo, convirtiéndose todos en un solo ser, en el ser
que tengo sobre mi, en el hombre que esta enamorándome, en el hombre que
esta noche me quitará la vida, porque aunque pueda respirar mañana, no
viviré igual jamás.
Los minutos pasaron, no
sé cuantos, el tiempo parecía haberse detenido. Mis pensamientos volaban
por mi cabeza sin ruta fija, muchas preguntas sin respuesta, muchas
sensaciones que jamás había experimentado. Mi cuerpo procuraba enviar al
cerebro todas las sensaciones para ser reconocidas. Nuestros órganos de
virilidad seguían quietos, mejilla con mejilla, erguidos, fuertes y
humedeciendo al área, lubricando intensamente para estar listos en el
momento en que tuvieran que entrar en acción, si es que eso sería
posible. Prácticamente nadábamos en un mar de nuestros líquidos
internos.
Mi forma de pensar y mi
carácter se estaba viendo afectados; como quien mete un queque duro al
horno para sacarlo suave y esponjoso. Este hombre o ser podía hacerme el
amor sin tocarme; estaba haciéndolo.
Yo continuaba tratando
de reconocer imágenes en la habitación, la luz bajaba poco a poco, dando
a mi amigo un tono de piel canela brillante. Con mi mirada perdida
observaba el espacio, reconociendo algunas cosas que estaban suavemente
iluminadas e imaginando algunas que no podía reconocer.
Mi amigo desnudo, aún
sobre mi, no me motiva a verlo, solo a sentirlo en espíritu. A desearlo
como un ángel y a disfrutarlo como un hombre. Solo quería tenerme cerca
para poder ver dentro de mis ojos mi más profundo ser. Podía sentir su
respiración y su cuerpo moviéndose suavemente al ritmo de mis latidos.
Mi corazón estaba detenido, pero mi alma seguía palpitando.
Más y más pensamientos
me golpeaban como pedradas en la noche, sin saber de donde venían y que
ruta llevaban una vez que golpeaban. ¿Quién será este personaje de
cuerpo maravilloso que ha logrado encantarme?, ¿Quién será este niño u
hombre que ha tocado mi espíritu con fuerza y que tiene mi corazón en su
mano?, ¿De dónde vendrá este ser que me ha hecho percibir los latidos de
mi corazón y el palpitar de mi alma?, ¿Quién o que es él, que ha logrado
que mi respiración baje a niveles riesgosos, como quitándome la vida
paso a paso, como haciéndome llegar a un nuevo mundo?. ¿Cómo ha logrado
llevarme a otro universo con tan solo el contacto físico y espiritual?
Mis cuestionamientos se
vieron interrumpidos una vez que levantó suavemente su mano izquierda y
la colocó sobre mi pecho para que su dedo índice hiciera círculos
alrededor de mi pezón derecho, logrando así que mi erección alcanzara
límites que nunca antes experimenté, casi me dolía.
Su cabeza se despegó de
mi hombro, me dio un beso suave en el cuello, sacó su lengua y la pasó
por mi garganta, subiendo por mi costado izquierdo y llegando a la
oreja, donde se detuvo para lamerla. Con todo esto creaba un sonido como
de agua corriendo por un caño, podía sentir su aroma, su humedad, el
calor de su lengua y su respiración. Mi mundo estaba a punto de
terminar, que cortaba la respiración.
Era como un sueño con
un amigo imaginario, como un amante secreto; como un hombre que te da
vueltas en otra dimensión, esperando ansioso la oportunidad de poder
pasar una mano y tocarte, tal vez levantar la cabeza en algún momento
para poder besarte, o bien, sobre pasar de dimensión a dimensión y
poder, en algún momento, hacer el amor y convertirse en una extensión
física de tu cuerpo.
Me derretía poco a
poco, al terminar estoy seguro que tendrá que recoger del suelo cada una
de las gotas de mi ser, de mi esencia perdida, si es que me quiere
completo.
Tal vez todo esto no
sea verdad, tal vez no exista; pero lo quiero. Tal vez no es real, pero
me gusta, es lo que siempre he esperado.
Nuestra sangre empezaba
a escasear en el resto del cuerpo para juntarse toda en los órganos de
la virilidad, abandonando los órganos vitales; sentía que la vida se me
escapaba, de todos modos esa era la forma en como quería morir. Sentía
que la razón estaba por volverme loco. Cada uno podía sentir como crecía
y crecía la fortaleza del otro y sabíamos que, o todo estaba perdido, o
todo estaba ganado; pero de ahí no nos levantaríamos sin ser uno parte
del otro por mucho tiempo más.
Todo esto se daba, no
porque yo fuera guapo o sexy, o un tremendo amante; sino por la crema
que dice “alma” que había sido embarrada sobre mí, había sido esparcida
por la habitación; calentada por la única luz que seguía prendida en ese
cuarto, en nuestro cuarto de hotel, testigo de lo que alguien puede
hacer para que las armas y defensas caigan al suelo haciendo gran ruido
tan solo con la promesa de “¡hey amor!, podés descansar y dejar de ser
tu”.
Como puede un hombre
sentir todo esto y continuar vivo para contarlo. ¿Es esta la forma de
morir?, ¿es esta la manera en como voy a pasar a un mundo mejor?, ¿un
mundo mejor?, no puede haber nada como esto que estoy sintiendo. Cada
uno de los pocos vellos de mi cuerpo estaba erguido, todo en mi estaba
erguido. Sentía cosquillas en las piernas y aún ahora no podía mover ni
un dedo.
Detuvo ese salivar en
mi oreja y me dijo en voz suave, tierna, apasionada pero fuerte y grave:
“¿Hacemos el amor?”… “¿Hacemos el amor?”, ¡qué es esta tontería!, en lo
que a mi respecta estoy haciendo el amor desde las ocho de la noche. Si
esto no es hacer el amor, no puedo imaginar que lo sea.
Otra vez interrumpió
mis pensamientos cuando dijo: “¿Hacemos el amor?”, en ese momento me
concentré en lo que tenía que responder y sentí como un interruptor
accionaba en mí las cuerdas vocales, ahora podía hablar. Le respondí
“¿Hacer el amor?”, lo hemos hecho desde hace algunas horas.
Separó su rostro de mi
hombro, levantó la cabeza y la puso frente a la mía, podía ver sus ojos
intensos, grandes y claros; podía verlo llorar; podía reconocer una
débil y celestial sonrisa en su rostro. Las sombras corrieron su cuerpo
y el volumen de la música aumentó.
Separó sus manos de mi
pecho, extendió sus fuertes brazos hacia los extremos su cuerpo; una luz
blanca y cálida bajó desde el techo hasta su espalda y pude ver como dos
grandes grupos de plumas se asomaban por encima de sus hombros. Era la
imagen perfecta de un ángel de postal; era la figura humana o celestial
más hermosa que había visto o imaginado en toda mi vida; y me dijo:
“Esta noche he entrado en vos, nuestras almas se han entrelazado,
nuestros cuerpos se han estrellado y nuestros pensamientos se han
convertido en uno solo.
Mis sombras y yo te hemos venido a amar con nuestra música y nuestra
brisa.
Lo he hecho, hasta este momento, como los ángeles lo hacemos; ahora
quiero que me ames como un hombre. Quiero que seamos uno solo,
quiero ser una extensión de tu cuerpo carnal y humano, quiero sentir
lo que un hombre siente por vez primera, quiero que me hagas tuyo,
quiero que me abracés por fuera y me acaricies por dentro.
Hasta hoy he entrado en la mente y el espíritu de muchos, como con
vos lo hice esta noche. Pero quiero que ahora seas vos quien entre
en mí, como un hombre y me hagas probar que el cielo puede estar
arriba y puede estar aquí.
Varias veces, en los últimos siglos, he recibido permiso de estar en
la tierra en misiones especiales y en algunas ocasiones he tenido
uno que otro desliz angelical; pero al conocerte hace algunos días
no pude dejar de rogar por un permiso especial para bajar a estar
contigo, y me fue concedido.
Esta noche, Roberto, quiero hacer el amor como se hace en la tierra”
Lo
quité de encima de mí, se acostó en la cama, boca arriba, y yo sobre él,
viendo su rostro. Pude notar que mi cuerpo y el suyo estaban a unos 2
centímetros de distancia. Yo estaba como flotando en el aire sin poder
tocarlo. Él estaba un poco nervioso y usaba sus poderes para evitar
delicadamente nuestro contacto físico.
Lo miré a los ojos, le
sonreí y me permitió bajar. Mi cuerpo descendió sobre el suyo e hicimos
contacto físico. Nuestra piel se erizó, nuestros poros sudaron.
Las sombras rebeldes
que viajaban de un lugar a otro en la habitación, se agruparon
curiosamente sobre nosotros.
Mirándolo a los ojos
separé sus piernas, levanté sus rodillas y por primera vez en mi vida
hice mío a un ángel que venía en misión especial, que venía a mí. Un
ángel que bajó a la tierra a sentir lo que un hombre podía hacerle o
podía hacer por él.
No fue solo penetración
carnal, fue sentir que estábamos conectados por todas las vías posibles.
Nos conectamos como cibernautas, como comensales, como amigos, como
amigos imaginarios y como amantes secretos. Ahora estábamos conectados
físicamente, siendo uno, siendo uno de los dos la extensión física del
otro; abrazándolo por fuera y acariciándolo por dentro. Yo había entrado
en aquel personaje bajado del cielo que vino a buscarme. Ahora éramos
uno; aunque no sé si éramos de aquí o fuimos de allá, lo que si es
verdad es que el universo en pleno estaba confabulando por nosotros dos.
Estuvimos jugando,
conectados, como dos horas, o tres, o cuatro… no sé cuantas, hasta que
el amanecer asustaba a las sombras y les obligaba a marcharse. Juntas
bajaron despacio hasta él y nos elevaron sobre la cama, suspendidos por
la habitación, obedeciendo al instante en que abrió sus ojos humedecidos
y respirar profundo mientras gemía, y se reunieron para experimentar el
más grande de los orgasmos mientras la música estalló de pasión con
sonidos de violín y trompeta; y la luz parpadeaba como quien quería que
la eyaculación perdurara por siempre. En ese momento, mientras sus
plumas revolvían nuestro aire y su ser se estremecía debajo de mi,
estallé de deseo y puse dentro de él todo lo que en ese momento podía
entregarle, para que no me olvidará jamás y se fuera enamorado. Le dejé
mi vida, mi alma, mi ser y todo aquello que pude expulsar por el
contacto físico intenso y prolongado.
* * * * *
Eran aproximadamente
las diez de la mañana cuando me desperté sobresaltado. En total soledad.
La habitación impecable, ordenada, limpia e iluminada. Mi amigo y
visitante de la noche ya se había marchado. Las sombras se fueron con él
y la música e iluminación “automática” habían desaparecido. Solo me
quedaban mis recuerdos, mis sentimientos de horas de pasión; mis
vivencias y la gran experiencia que había sentido.
Pero, ¿entonces?,
¿volveré a verlo?, seguramente no en esta vida. Ciertamente yo no
estaba muerto; ni la vida ni la muerte vinieron por mi; pero estaba
seguro que una experiencia de esas se vive una sola vez en la vida, y no
es para todos.
Con mucha hambre, algo
ansioso y todavía sonriendo por lo vivido, bajé a desayunar. El hotel
seguía igual; muchas personas pasando de un lugar a otro; la recepción
con varios huéspedes por registrarse; los de mantenimiento limpiando por
aquí y por allá. Llegué al restaurante, quería comer en el mismo lugar
en donde empezó mi gran alegría, pero había un rótulo que decía:
“Cerrado por remodelación desde el día tal hasta el día tal”; casi me
muero. La fecha en que empezaron las obras era dos semanas antes de mi
llegada a Buenos Aires y finalizarían en un par de meses más.
¿No fue ahí donde
estuvimos?, ¿no fue ahí donde comimos?; no sé si llegué a conocerlo o
no; no sé si ayer le hice el amor a un ángel o sigo siendo el mismo
apasionado de gran imaginación.
En fin, desayuné por
ahí, me bañe y vestí, tomé mis maletas y me fui al aeropuerto. Mi vuelo
salió 2 horas después y por fin, volando a Costa Rica.
Mi regreso a casa fue
indescriptible. Un vuelo tranquilo, un celaje maravilloso, tal vez hasta
celestial; un rayo de luz que entró por la misma ventanilla, mi
ventanilla, durante todo el vuelo y que ha entrado en mi casa y en mi
oficina cada año, el mismo día.
Al llegar a casa no
pensaba en otra cosa sino lo vivido y sentido; y no esperaba volverlo a
ver. Yo sabía perfectamente que todo lo que pasó, pasó y así quedará.
Antes de dormirme, si
es que dormí, una última revisión a mis correos, en donde pude encontrar
uno que decía:
“Gracias Roberto,
Estaré enamorado de vos por siempre, por toda la eternidad.
Alejandro”
|