¿Amenaza real o fantasma mal intencionado?

Luis Fernando Sánchez

Consultor en Desarrollo Organizacional

Cédula 1 0497 0703

He leído con atención el “Mensaje al Congreso ante planes de uniones entre homosexuales” firmado por Monseñor Hugo Barrantes y publicado en La Nación del 8 de setiembre del año en curso, y no me ha sido posible dejar de reaccionar ante tal comunicado, por lo que agradezco que La Nación me permita compartir mis comentarios.

 

El punto central del planteamiento presentado indica que la legalización de las uniones homosexuales constituiría una amenaza a las instituciones del matrimonio y de la familia.   En medio de una serie de puntos aparentemente coherentes, el Obispo presenta  varios argumentos falaces.  Vale la pena comentar algunos de ellos.

 

1.     La amenaza a la familia.  ¿Existe una amenaza real a la institución de la familia?  De aprobarse esta legislación, ¿habría menos matrimonios entre la población heterosexual? ¿Perdería en algo la Iglesia su capacidad para continuar enseñando a sus fieles su doctrina? ¿Dejarían los matrimonios de tener su “naturaleza particular, de propiedades esenciales y de finalidades innegables”?  Indudablemente no.  Entonces, ¿cuál es el temor?  Ciertamente la aprobación legal de las uniones entre personas del mismo sexo abriría un espacio para una sociedad más abierta y pluralista.  ¿Es esto lo que teme la Iglesia?   

 

Si hay algo hermoso y productivo en la humanidad es su diversidad.  Muchas sociedades así lo han reconocido y han abierto su espacio para la convivencia de sus ciudadanos, independientemente de sus diferentes rasgos y orientaciones. Sin embargo, la posición por la que aboga Monseñor Barrantes pareciera cerrar las puertas a todos aquellos que difieran de los principios oficiales de la Iglesia, representados en este caso por la minoría homosexual.  Y lo que es peor aún, indirectamente se hace un llamado para que los diputados impongan esta falta de apertura sobre la sociedad costarricense.

 

2.     Una discriminación “justificable”.  Plantea Monseñor Barrantes que puede darse discriminación cuando haya una “justificación objetiva y razonable”.   Aquí nos enfrentamos ante un dilema importante.  ¿Es la posición de la Iglesia objetiva y razonable, cuando parte de su contenido viene de una Revelación?  ¿Estamos los costarricenses obligados a seguir la interpretación que la Iglesia Católica da sobre la moral en todos los campos?  ¿Es infalible la Iglesia Católica en materia pastoral?  La respuesta a las tres preguntas anteriores es “no”.   Lo curioso es que Monseñor Barrantes, a sabiendas de que la posición de la Iglesia en relación con la homosexualidad NO es apoyada por la Ciencia, ¡se atreve a calificar su posición como “objetiva y razonable”!  Esto implica que los diputados, si quieren buscar un criterio “objetivo y razonable”, deberían echar mano de fuentes que realmente sean objetivas y de aceptación global, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Seguir la recomendación de Monseñor Barrantes llevará a perpetuar una situación de discriminación fundamentada en criterios subjetivos y arbitrarios, y por ende, a propiciar una desigualdad que sí constituye una discriminación que la Iglesia pareciera querer perpetuar.

 

3.     La permanencia en la verdad.  Argumenta Monseñor Barrantes que es deber de los obispos asegurar que el pueblo “permanezca en la verdad”.   El problema aquí es que la verdad de los hombres – incluidos los pastores de la Iglesia – es relativa.  La misma Iglesia ha cambiado en el transcurso de la historia su posición en muchos campos, y por ende, ella misma es testigo de que la verdad no es absoluta sino que evoluciona.  La Iglesia ha mantenido una posición de rechazo a la homosexualidad desde la Edad Media, cuando las condiciones sociales y políticas, más que la historia de la misma Iglesia, llamaron a hacerlo.  A diferencia de esta posición que hoy sostiene la Iglesia, la Iglesia de los primeros tiempos acogía en forma diferente a los homosexuales e incluso bendecía sus uniones, como lo ha documentado John Boswell en su libro “Same-Sex Unions in Premodern Europe”.  Boswell presenta más de una docena de diferentes ritos utilizados para consagrar la unión de dos hombres o de dos mujeres.  Destaca en la historia primitiva de la Iglesia la figura de los santos Sergio y Baco, ambos mártires de la Iglesia, que tuvieron una relación de pareja homosexual, bendecida y reconocida en su tiempo (La Iglesia posteriormente ha tratado por todos los medios de hacer ver su relación como de una profunda hermandad, pero la evidencia documental no apoya esta posición).

 

Ciertamente la verdad evoluciona.  Si nos basamos en argumentos bíblicos, hay mucho más material para defender la esclavitud o la opresión de las mujeres que para oponerse a la homosexualidad.  El hecho es que la Iglesia, con el tiempo, cambió su verdad sobre los esclavos y sobre la dignidad de la mujer, pero aún no lo ha hecho en relación con la homosexualidad.  Tal vez en otra oportunidad podamos presentar una relectura de los textos bíblicos que tocan este tema.  Para efectos del tema de hoy, basta con decir que, entre las muchas enfermedades que sanó Jesús, y entre los muchos demonios que expulsó, no curó a ningún homosexual, ni expulsó ningún demonio que se le parezca.  ¿No será que no había nada que curar?  ¿No será que, contrario a lo que plantea Monseñor Barrantes, las prácticas homosexuales no son un “acto objetivamente contrario al plan de Dios para el ser humano”?

 

Lo cierto es que hay otras interpretaciones de la Biblia sobre el supuesto pecado de la homosexualidad.  Muchas de estas han emanado de los mismos teólogos y especialistas en Sagrada Escritura católicos.  Ante estas posiciones, la Iglesia Católica que dice propiciar la verdad, ¡los ha mandado a callar!  (Como ejemplo, John McNeill, jesuita, fue obligado a guardar silencio y abstenerse de su ministerio con homosexuales tras su publicación de su libro “La Iglesia y el homosexual”).  Es claro que mandar a callar no es la forma de encontrar la verdad que necesitan nuestros tiempos.  Y también es claro que el principio proclamado por Jesús: “La verdad los hará libres” (Jn 8, 32) sigue vigente el día de hoy.  Lo que no resulta tan claro es que la Iglesia Católica, representada en nuestro país por su Conferencia Episcopal, sea la fuente de la verdad que necesitan nuestros diputados ante el tema de las uniones entre homosexuales.

 

4.     El bien común y las minorías.  Argumenta Monseñor Barrantes que la aprobación de las uniones entre personas del mismo sexo constituiría “una grave injusticia” al sacrificar el bien común y el derecho de la familia, y que las parejas homosexuales pueden recurrir a otros mecanismos jurídicos para proteger sus derechos.   Aquí, de nuevo, se presenta la falacia de suponer que la familia será perjudicada.  Esto es un claro fantasma que no parece bien intencionado.   Ciertamente el bien común en nada se perjudica cuando se otorgan derechos a una minoría que no los tiene.  Ninguna de las propuestas presentadas ante la Asamblea Legislativa modifica la concepción del matrimonio ni de la familia tradicional.  Esta sigue vigente para el 90% de la población heterosexual que puede beneficiarse de ella.   El problema sí que lo tiene la minoría homosexual.  Y probablemente, Monseñor Barrantes no ha sido testigo de la gran cantidad de injusticias que han padecido los homosexuales en nuestro país. Baste, como ejemplo, referirnos a un sinnúmero de casos en que un homosexual no ha podido visitar a su compañero enfermo en el hospital porque la familia del compañero no se lo permite.   Lamentablemente, buena parte de la Iglesia (y de las iglesias) ha abandonado a los homosexuales, y no conoce de los dolores de esta minoría.

 

Tomando en cuenta los argumentos expuestos, hago un llamado a los señores diputados a legislar con base en los principios universales de los derechos humanos, y a asumir su responsabilidad de dotar de protección a una minoría costarricense que los necesita.   Y para aquellos diputados que profesan su fe en Cristo, consideren, no lo que dice la jerarquía católica, sino lo que habría hecho Jesús ante el pedido de protección de una minoría.