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Carta a los ex-suegros
"La sangre en el caucho de la llanta también es mía"
Ustedes nunca me quisieron a mí porque ustedes
nunca lo quisieron a él. Aunque él haya sido su hijo y yo,
lo juro por el vientre de mi madre, quien más lo quiso. Por
él aposté mi vida y todos lo saben. Por él y por este amor
que, sangre quien sangre, todavía me hierve entre el pecho.
Por él miré hacia la pared con el rostro marcado por el
sablazo del desprecio, clavándome en la lengua los
incisivos. Por él y por nosotros tragué fuerte la saliva de
la humillación.
Nuestra unión no cabía en los moldes de hierro de las
convenciones y es temible el precio que por ello se paga.
Pero el amor no comprende esas razones.
Hoy está muerto. Para mí, por primera vez. Ustedes en
cambio por segunda vez lo entierran, en ese funeral al que
no se me invitó. Porque ahora, ya muerto, es de nuevo
respetable.
Lo atropelló borracho un decente padre de familia, este
sí casado como Dios y la Santa Iglesia mandan.
Yo
sé que la sangre en el caucho de la llanta también es mía,
aunque pretendan borrarme de su vida como una mala palabra
del cuaderno de un niño. Porque fui yo quien construyó con
él esta casa de la que ahora me expulsan. Porque fui yo
quien ofrendó su patrimonio en el altar de la pareja, quien
combatió a su lado en todas las contiendas.
Me arrancaron su cuerpo desde que entró en el hospital.
Yo, que no tengo una alianza dorada en la mano, no puedo
convencer a una enfermera.
No soy nadie, no soy nada, salvo quien más lo quiso.
Ustedes, junto a la camilla que no pude seguir, en el cuarto
al que no pude acceder, junto a esos ojos que mi mano no
cerró, se acordaron por fin de sus genes y apellido, de ese
hijo del que un día abjuraron.
A mí, que soy su familia elegida, me arrancaron mi
muerto, mi casa, mi patrimonio, mi herencia. Solo porque no
pudimos casarnos como se casa la gente, de blanco, de traje,
de fiesta. Con niños que cargan flores, con ese anillo de
boda que habría de marcar sobre su piel mis iniciales.
Ustedes me despojaron; yo lo quise. Ustedes lo rechazaron:
yo lo quise. Ustedes, y buena parte del mundo, en pleno
siglo XXI, nos impidieron alcanzar la dignidad de ser esa
familia que de todas formas fuimos, le duela a quien le
duela, por obra y gracia de nuestro amor.
Ustedes, que creen que se puede doblegar el curso de la
historia, negar lo inevitable, tapar con un dedo el sol de
la verdad, aplastar con los pies la hoguera del amor que se
enciende entre dos seres. Solo porque el hombre que amé y yo
somos del mismo sexo.
Ana Istarú /
proa@nacion.com
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