Junio
20 de 2006
Tengo un amigo que se enoja y ofende
cuando uso con él un juego de género… cuando le pregunto “¿Cómo
amaneciste, nena?”. Así que esta columna va dedicada a él, que
sufre angustias de género cuando habla conmigo.
A lo mejor usted, que me lee,
también se habrá molestado conmigo: ¿para qué hablarle en
términos femeninos a un hombre? Y por eso es que quiero
explicar, para él y para usted.
Es un juego, pero que va mucho más
allá de bromas y chistes, y eso es lo que quisiera hacer
entender: ese juego con el género tiene una faceta profundamente
política para nosotros, gays y lesbianas, que puede servirnos
para establecer un principio.
Una cosa es la biología y otra el
género. En biología no hay quite: uno nace hombre o nace mujer
(poquísimas, algunas excepciones existen pero caen en la zona de
las patologías médicas). Cuestión de genes, blanco y negro.
Con el género la cosa es distinta;
socialmente creado y socialmente impuesto, el género es una
etiqueta que nos ponen en la cunita, incluso desde antes cuando
en el baby shower todo es celeste si es niño o rosadito si es
niña, y mamá y papá juegan el juego cuando le compran muñecas a
la nena por venir y sus carritos y bolas al nene en puertas.
Es una cuestión puramente educativa, siguiendo las reglas de la
sociedad heterosexual. El que nace hombre (biológicamente) tiene
que entender desde niño que hay cosas que están destinadas a él
y no a las que nacieron mujeres; labores por cumplir, conductas
por seguir, derechos y privilegios, deberes y obligaciones. Lo
mismo vale para ellas.
El problema es que las cosas no
funcionan tan bien como con la biología. Resulta que la
conducta humana es mucho más compleja que la estructura
genética, y de la misma manera en que papá y mamá nos quieren
pegar la etiqueta de “masculino” y “femenino”, otros factores
intervienen para que la conducta que manifiesta un hombre o una
mujer cuando se está desarrollando adquiera características que,
en muchos casos, no calzan o hasta contradicen lo que se
supondría tiene que ser.
El mundo del género es un enorme
abanico de matices, de grises y claroscuros, que desafía toda
etiqueta, y donde uno puede encontrar de todo: desde las
personas convencidas de que tienen que modificar su sexo
biológico porque no corresponde a su conducta, hasta hombres y
mujeres contentos, felices y muy hallados en sus papeles
masculino y femenino.
En la mitad estamos, creo, la
mayoría. Mayoría que, pese a haber sido entrenado desde la
cuna, resulta que manifestamos algunas conductas que pueden
considerarse masculinas siendo mujeres, o femeninas siendo
hombres. Para los heterosexuales –lamentablemente también para
muchos no heterosexuales- reaccionar es fácil: maricas,
tortilleras… otras etiquetas para sustituir las primeras. Pero
no es así, y si quieren llamarme relativista, adelante: en
cuestión de género todo es válido.
Y eso es lo que hago cuando juego
con amigo llamándolo “nena”. Lo que quiero hacerle ver son dos
cosas: primero, que las etiquetas son tontas, que él no deja de
ser él porque yo le diga “nena”; segundo, que tenemos la
posibilidad de desafiar a los que inventaron y usan esas
etiquetas para decirnos cómo tienen que ser las cosas.
Y esa es la dimensión política de la
que hablaba al inicio: cuando uso términos femeninos para
referirme a un hombre, o masculinos para hacerlo de una mujer,
estoy asumiendo una posición política, la de que las etiquetas
de género son una construcción tan arbitraria como todas las
demás de su tipo, y que independientemente de las conductas que
manifestemos, eso no nos rebaja como personas.
No estamos obligados a comportarnos
según los patrones prestablecidos, especialmente cuando eso
implica violencia, irrespeto y vergüenza. No estoy faltándole
al respeto a mi amigo si le digo “nena”, porque no es más que un
nombre, una palabra; ya lo dijo Shakespeare: la rosa, con otro
nombre, olería igual de bien.
A mi amigo no le hablo en términos
femeninos en público, porque respeto su posición, pero quisiera
que dejara de sentirse amenazado cuando le hablo así. A é le
tengo tres consejos: aceptá a los otros tal como son; no tengás
miedo; no te avergoncés.
Esos tres consejos te harán a vos, y
nos hará a todos, mejores. Y, seás como seás, ¡te ves regia!
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