La mala memoria
Octubre 03 de
2006
Tan difícil como tomar una foto de algo invisible es reconstruir
la historia de la comunidad gay en Costa Rica.
No se si alguno de ustedes se ha puesto a pensar de dónde
venimos, cómo era la vida de aquellos gays y lesbianas que
vivieron en este país antes de 1980, de 1950, de 1920, por no ir
más atrás.
Hay algo que no tiene vuelta de hoja: la tarea de rescatar y
escribir nuestra historia, antes de que sea demasiado tarde, es
una asignatura pendiente en nuestra comunidad.
Para hacer su trabajo, los historiadores echan mano usualmente
de varias fuentes: los protagonistas mismos de la historia, que
la cuentan, investigaciones de otros especialistas, y documentos
originales. Poco de ello, en nuestro caso, está disponible en
parte porque no ha habido un intento riguroso de hacer historia,
y en parte porque simplemente no hay fuentes disponibles.
El gran problema de la comunidad gay ha sido, y sigue siendo, la
invisibilidad. No fue sino hasta la década de los 80 cuando la
epidemia del sida nos hizo salir a la fuerza a la luz pública. Y
aunque afortunadamente quienes pasamos por esa etapa supimos
aprovechar favorablemente esa salida forzosa, antes de eso todo
era clandestino. Por eso mismo, poco o nada ha quedado de
registro histórico accesible; mucho de lo que era la vida gay
para ese entonces hay que buscarlo con aquellos que todavía
viven, o embarcarse en una labor de historiador con todas las de
la ley.
Pocos han caminado en esa dirección. En la década de los 80 y
90, tengo memoria de la contribución de Jacobo Schifter en ese
sentido, posiblemente el único investigador que ha recogido,
como parte de sus estudios sobre la vida gay y lésbica en Costa
Rica, esbozos parciales de nuestra historia.
Los movimientos de toma de conciencia surgidos a partir de esas
fechas se preocuparon, con razón, de promover procesos
comunitarios masivos, pero el rigor de la investigación
académica nunca fue su fuerte, salvo en poquísimos casos. Los
estudios de esa época apuntaban a explorar nuestra sexualidad,
nuestro comportamiento, generar acción civil, pero la historia
gay en Costa Rica no formaba parte de la agenda de trabajo de
ninguno.
Paradójicamente, han sido los periodistas los mejores
contribuyentes en salvar pedazos de nuestra historia, al
registrar en los medios los sucesos GLBT más relevantes o
curiosos de los últimos veinte años. El periodismo es, desde
hace tiempo, una buena fuente de material histórico, aunque
lamentablemente es memoria de corto plazo, su objetivo es
informar y no analizar, y en nuestro caso particular está teñida
muchas veces de escándalo o prejuicio.
Cabe preguntarse dónde están los investigadores sociales, gays y
lesbianas, de nuestras universidades, especialmente los/as
historiadores/as, que no le han entrado a esa apetecida labor
intelectual: recuperar una veta todavía sin explorar de nuestra
historia nacional.
Pienso en tantas preguntas interesantes sobre esta historia
desconocida: ¿había gente reconocida como gay cuando llegó a
Costa Rica la noticia de la Independencia?, ¿cómo vivían los
ticos gays o lesbianas en el siglo XIX, los que vieron
construirse el Teatro Nacional o viajaron en el primer tren al
Atlántico?, ¿dónde y cómo se reunían nuestros compatriotas
cuando el ritmo de moda era el jazz?, ¿qué decía y pensaba la
Iglesia de nosotros en 1910?
O, para no ir tan lejos: ¿qué sabemos o podemos llegar a saber
del origen e impacto social que han tenido lugares como La
Avispa, todo un monumento para la comunidad, y su fundadora?,
¿cómo ha cambiado el mapa de los “ligues” (lo que los gringos
llaman “cruising”) en la ciudad de San José desde 1970 hasta
ahora?
Todas esas preguntas están sin respuesta, o ésta se encuentra
fragmentada y dispersa, sin coherencia y sin divulgación salvo,
acaso, para sus protagonistas.
La ausencia de nuestra historia apunta también a otra cosa:
nuestra mala memoria colectiva. La culpa de que no sepamos, no
se haya investigado o registrado nuestra historia como gays o
lesbianas es enteramente nuestra, de nuestro descuido en algo
tan fundamental como nuestro propio pasado.
A lo mejor, especulo, se deba a que solo vivimos el hoy y, si
acaso, pensamos en el futuro. Pero hay que reflexionar en eso:
la visibilidad no significa solamente hacernos ver en el momento
presente; significa también rescatar el pasado, sobre cuyos
hombros debemos subirnos para ver el futuro.
El rescate de nuestra historia como grupo en Costa Rica es un
deber comunitario, socialmente responsable. ¿Quién tira la
primera piedra? |