Meterse con los carajillos
Julio 18 de 2006
Si capté su
atención con el título, qué bien. Quédese leyendo, aunque no voy
a hablar de lo que usted posiblemente supone.
Quiero usar
este espacio, ahora, para llevarlos a la reflexión de lo que
puede estar ocurriendo con las generaciones nuevas de gay o
lesbianas, lo que los gringos llaman la Generación Q, y a la
cual en aquel país se le está poniendo mucha atención por parte
de activistas y organizaciones. Y no solo quiero que
reflexionemos sobre qué puede estar pasando, sino y sobre todo
de qué estamos haciendo los que no pertenecemos a esa generación
de carajillos, los que vemos sus toros desde la barrera de los
años y la experiencia.
Cuando comencé
a pensar en este tema, elaboré una larga lista de preguntas
sobre la situación actual de los muchachos gay y lesbianas que
entran por primera vez en el ambiente, o incluso aquellos que,
siéndolo, siguen en sus closets. Lista bien larga, debo decir,
y dejé de hacerla cuando llegué a la siguiente: ¿qué pasaba
conmigo cuando yo tenía 15 o 16 años?
Posiblemente
como muchos de ustedes, me la tuve que jugar solito. No había
padres a los cuales contarles lo que estaba viendo en mí, ni
orientadores a los cuales acudir con preguntas en el colegio.
No había organizaciones visibles ni tenía el coraje de acercarme
a ellas si las hubiera conocido, y ninguno de mis amigos (hoy se
que sí los había, pero entonces era imposible pensarlo) estaba
en el mismo bote.
Tuve la suerte de ser siempre un ratón de biblioteca, y fue allí
donde encontré muchas respuestas, aunque en mi adolescencia (era
el mundo antes de Internet) las bibliotecas no estaban tampoco
bien surtidas en ese tema de la homosexualidad. Uno o dos
libros, recién ingresando en la Universidad, me abrieron
finalmente los ojos y de allí en adelante supe guiarme hacia
otros como yo.
Fue,
básicamente, un crecimiento en solitario, abriéndome camino a
ciegas. Hoy pienso que, a pesar de los mejores recursos que
existen, la cosa sigue siendo básicamente igual para muchos
chicos y chicas.
Ahora…
reconozco que no puedo sermonear mucho sobre las nuevas
generaciones simplemente porque no pertenezco a ellas. Intuyo
lo que pueden estar pasando (porque yo lo viví) pero reconozco
que sus condiciones actuales no son las mías, hay elementos
nuevos que les pertenecen solo a ellos y los demás no
comprendemos.
Como muchos, y
entro acá al meollo de esta reflexión, vivo mi día a día, mis
problemas, mis conflictos, mis alegrías y (como diría un
filósofo español) “mi circunstancia”. Es decir, vivo en mi
mundo, el que comparto con mi generación porque nacimos y
crecimos juntos y vamos evolucionando hombro con hombro.
Sin embargo,
confieso que posiblemente como muchos de mi generación, a veces
no pienso lo suficiente en los más jóvenes ya que vivo (vivimos)
encerrado en el barrio egoísta de mis propios intereses. Mi
horizonte limitado, que no me deja ver más allá de lo mío y lo
de los míos cercanos.
Ese es un
problema. Como para muchos (tengo que confesarlo) los más
jóvenes representan un elemento de atracción que llama la
atención, indudablemente, pero eso muchas veces nos nubla la
vista del hecho de que son individuos en formación que no solo
tienen que lidiar con lo ya complicado que es ser preadolescente
o adolescente, sino enfrentar la dura prueba de reconocerse y
ubicarse como gays o lesbianas en un ambiente hostil.
Y hostil no es
solo el mundo heterosexual sino, y tristemente, también el
propio mundo homosexual. Esto lo digo porque se lo he oido a
muchos de ellos, especialmente muchachos: los que estamos antes
que ellos les presentamos un mundo hostil en el que son “carne
fresca” para nuestras ya arraigadas costumbres de cacería, ligue
y egoísmo.
Simplemente, la
mayoría no les tendemos una mano. Tenemos lo que a ellos no
solo les falta sino les serviría: experiencia, años vividos,
respuestas a sus preguntas, sus temores, sus inquietudes, guía
para sus conflictos. No compartir esto es un pecado de egoista
inhumanidad.
Por supuesto,
hay un problema mayor, social. ¿Cómo compartir lo que sabemos?
Incluso el más bienintencionado de nosotros, que quiera ofrecer
este tipo de soporte a los más jóvenes, va a encontrarse con una
realidad palpable: no hay espacios, o muy pocos, para hacerlo.
Las barreras están por todos lados, ese salto generacional que
la sociedad (la general y la nuestra particular como gays o
lesbianas) ha creado: la distancia que hace que muchos veamos a
los chicos solo como el incentivo erótico a mano, y la que hace
que ellos nos vean con desconfianza o desinterés.
Claro que no es
un asunto solo nuestro. Independientemente de la orientación
sexual, los adolescentes y jóvenes se mantienen a distancia, y
viceversa, de los adultos. En nuestro caso, como gays y
lesbianas, el asunto es más lamentable porque como señalaba
antes los que hemos recorrido distancia tenemos una fuente
invaluable de conocimiento que les resultaría extremadamente
útil a chicos y chicas, si pudiéramos vencer ese salto
generacional.
La respuesta
que se me ocurre es la que siempre uso en este tipo de
situaciones: es muy difícil meterse a Quijote y echarse al
hombro una lucha social, la de cambiar estructuras. Pero es
fácil colaborar con lo que tenemos a la mano, ese trillado
granito de arena del que todos hablan.
Mi respuesta
(respuesta a mí mismo y, ojalá, para ustedes) es, desde lo
individual, desde mi circunstancia, pensar cada día y
deseablemente hacer cada día algo, por pequeño que sea, a favor
de los que vienen atrás.
Estamos con
ellos en el mismo mundo. Nos los topamos en la disco, en el bar,
en la misma calle. Es posible que, a veces, sea tan fácil como
solo decirles que no nos interesa ligarlos, pero que les podemos
dar un consejo que a lo mejor les sirva. A lo mejor eso la
diferencia. |