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Sexo a la medida
Agosto 22 de 2006
Puede que aburra decirlo
o leerlo, pero el sexo es una de las cosas que más estrés causa
en esta vida.
Una de estas tardes de
lluvia, después de una larga y agotadora conversación con
alguien que resultó más enredado de lo que esperaba, ese
pensamiento volvió a rondarme la cabeza al punto que tuve que
sentarme a escribir lo que ahora están leyendo, como una especie
de liberación de todos los rollos que afloraron a la cabeza de
mi interlocutor.
¿Por qué, pensé, tenemos
que hacernos tanto lío con esto del sexo? Definitivamente,
es la más grande de las tareas pendientes de nuestra educación:
enseñarnos cómo acercarnos, practicar y vivir el sexo sin
complicaciones excesivas. Pero eso es pedir demasiado a un
sistema educativo como el nuestro, porque toda la sociedad está
empantanada con respecto al sexo.
La culpa la tiene el
pasado, con nombres y apellidos: la Iglesia (o sea, la religión
nuestra de cada día), la Edad Media y el romanticismo del Siglo
XIX. Sobre la primera realmente no hay mucho más que
añadir: ya sabemos que en su modo de ver las cosas el cuerpo y
el espíritu (o alma, como quieran llamarla) no solo están
separados sino que son opuestos, y que el alma es lo que hay que
rescatar. ¿El cuerpo? Pecado, carne que nos ata, pasto para las
llamas del infierno. Con esa visión, no hay modo de que el
sexo se salve.
La Edad Media se inventó
y patentó algo no menos impactante: el amor caballerezco.
Aunque su visión se aplicaba a hombre y mujer, igual permeó en
la manera en que nos educan, hasta la fecha. Medieval es
el invento ese del caballero que lo daba todo por su dama ideal,
a la cual cortejaba incluso a lo lejos (mientras despanzurraba
gente en las Cruzadas, igual que hoy hacen los gringos en Irak),
le recitaba poemas y sonetos. El sexo tenía poco margen,
asfixiado claro por la Iglesia: aunque no llegara a acostarse
nunca con la dama, el caballero le entregaba su corazón y
devoción.
Y luego, derivado del
anterior, llegó el romanticismo del siglo XIX. Dignos
hijos de los caballeros medievales, los románticos creían en un
amor ideal que debía estar liberado de las desgracias de la
carne y entregado al espíritu, mejor todavía si en el proceso se
sufría como desgraciado, porque ese sufrimiento era liberador.
Amores prohibidos y atormentados por la sociedad, por las
diferencias de clase, por la distancia, por el pasado, por la
guerra… Muchachos pálidos y ojerosos que se pasaban el día
escribiendo mensajes de amor que nunca llegaban, y muchachitas
encerradas por sus padres que terminaban suicidándose por amor.
Todos esos eran los temas que los románticos adoraban y que
plasmaron en novelas, cuentos, poemas, folletines, que todos
leían y aspiraban a vivir.
Fueron los precursores
de las modernas telenovelas, y para ellos el amor era tormento,
privación y sufrimiento. Allí, el sexo se volvía tortura o
castigo.
Ese es el mundo de amor y sexo que heredamos, y ante esa visión
resulta sorprendente que todavía alguien se asombre de que el
sexo sea complicado casi para cada ser humano que camina en esta
tierra.
Sin embargo, hay
diferentes aproximaciones que uno podría intentar sobre el sexo
que, a mi juicio, pueden resultar válidas si nos logramos
liberar de la camisa de fuerza que nos impusieron semejantes
antepasados.
Se me ocurre una primera
que es una especie de rescate. Los antiguos (me refiero a
todos los que vivieron antes del boom de las religiones
monoteistas de hoy) no solo veían al sexo como algo natural en
esta vida, sino que le daban una visión sacralizada. El
sexo era practicado por los mismos dioses (con mucha pasión, por
cierto) y por lo tanto no podía ser malo, al punto que había
cultos religiosos en los que el sexo era práctica obligatoria.
Esa visión del sexo
implica reverencia y adoración, pero también comunión, una forma
de vincularse unos con otros y, a través de eso, con lo sagrado.
Muy saludable, a mi juicio.
Otro enfoque interesante
que podríamos darle al sexo es asumirlo como un ejercicio.
Siendo como es parte integral de nuestra naturaleza, de la misma
manera en que nos dedicamos a correr por las mañanas, jugar
futbol, montar en bicicleta, hacer spinning o ir al gimnasio,
podríamos abordar el sexo como una actividad muy saludable
física y mentalmente, si se toman las debidas precauciones para
no lesionarnos.
No le veo mucha
diferencia con el deporte regular: sirve para poner a funcionar
el cuerpo, puede practicarse de manera individual pero es mucho
más divertido con un compañero (si prefiere los deportes en
equipo es cosa suya), y es cuestión de encontrar un lugar dónde
practicarlo. Hasta es menos caro, porque no requiere
zapatos aerodinámicos, bodysuits de telas ultramodernas, ni
ropas de marca que cuestan un ojo de la cara.
Otra manera de abordar
el sexo es como una forma de relacionamiento social, que ha sido
la que, personalmente, me ha provocado más discusiones. He
llegado a ver el sexo como una forma más de conocer a alguien, y
que incluso puede ser (y ha sido) la primera aproximación con
una persona, de la misma manera en que puede serlo conocer a
alguien en una discoteca o en un bar, en un cumpleaños, en el
trabajo o en el supermercado.
Para mí, tiene dos
virtudes frente a las otras maneras de socializar: un encuentro
sexual libera de la mayor parte de los “rituales” que la
sociedad impone y nos lleva a lo básico de buscar el contacto de
piel con piel; además, nos permite conocer a la persona en su
aspecto más personal, libre de todos los afeites y las máscaras
que usualmente usamos en la vida diaria. La piel desnuda
suele ser lo último que le enseñamos a los demás, porque es lo
más auténtico que tenemos; el resto de lo visible nuestro se
compra en tiendas y centros comerciales.
Algunas de las personas
que conozco han llegado a mi vida porque no veían nada fuera de
lo común en relacionarnos sexualmente de primera entrada; la
ventaja con el resto de mis amigos es que no tarde años en
conocerlos, sino que acortamos camino, por así decirlo.
Por supuesto, todo tiene
su lado oscuro y el sexo no escapa. Hay una cuarta dimensión,
esa sí muy difundida, y es la del sexo como adicción.
No hay que explicarla
mucho porque todos la entendemos y, muchos, la sufren.
Pero nuevamente no hay tampoco que llevar las cosas al escándalo
y tratar de aislar la adicción al sexo como si fuera peor que
las adicciones que se dan en los ejemplos que he usado en este
rato: también existe la adicción al ejercicio físico (la
vigorexia) y adicciones a la comida que van desde la glotonería
hasta sus extremos opuestos, la anorexia y la bulimia.
Como todo en esta vida,
el sexo requiere control y disciplina, pero abstenerse de él o
dosificarlo como si se tratara de algo que se va a gastar o que
se entrega solo en contadísimas ocasiones (al príncipe azul que
muchos esperan) es realmente absurdo.
Es posible que la mayor
parte de nosotros veríamos como bichos raros a gente que nos
diga que ha decidido comer con solo una persona en esta vida, o
que se siente culpable después de haber dormido plácidamente
toda una noche.
El sexo sigue siendo,
pese a todo, una manifestación social. Creo que sería
bueno que recapacitemos y reasignemos, si es necesario, esa
dimensión a nuestras prácticas sexuales. Posiblemente nos
permitirá liberarnos de las cadenas que nos impusieron la
Iglesia, la Edad Media y los románticos de hace dos siglos.
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