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El Observador Silencioso
Agosto 25 de 2006
Con el pasar del tiempo, las personas vamos
quedando atrapadas en la telaraña de “recuerdos indelebles” que
marcaron nuestra vida alguna vez.
Recuerdos que son una fantasía, porque la realidad
tan solo puede suceder una vez y no dos veces. Todo lo que este fuera
del “ahora” es producto mental de nuestra resistencia a vivir
aceptando que tan solo podemos contar con el hoy. La telaraña mental
también nos enreda en fantasías seductoras de un falso futuro que
pretende hacernos alucinar en las dunas de nuestra ansiedad.
Si condensáramos toda la energía utilizada en
revivir el pasado podría resultarnos una sorpresa saber lo que hemos
desperdiciado.
¿Porque lamentar lo que ya no fue o imaginar
resultados negativos de situaciones que aun no llegan? Divagar en
viejos rencores o experiencias traumantes tan solo drena nuestra
energía vital y nos aleja de nuestro verdadero poder. El poder de ser
sabios aquí y ahora.
Durante muchos años he sido cómplice de mi propio
delirio mental, hasta un día comprendí que había estado
identificándome demasiado con el ídolo del ego. Tantas películas
mentales me estaban enfermando de estrés al sentir que solo agregaba
barrotes a mi propia cárcel neurológica. Prestaba atención a cualquier
patrón de pensamiento repetitivo tantas veces como mi masoquismo me lo
permitiera. Recuerdo incluso reiterar los mismos episodios como una
misma novela que se transmitía una y otra vez, siempre terminando de
la misma forma. Hasta que llegado el punto de saturación, decidí
suicidarme mentalmente. Tantos recuerdos, preguntas, hipótesis y
suposiciones, alimentadores todos de miedos y falsas expectativas me
invadieron como un cáncer mortal para mi paz interior. Ya no podía
pensar más, y entonces sucedió lo que llamo el mayor milagro que he
experimentado en mi vida: aprendí a ser testigo de mi propia muerte.
Fue cuando decidí “morir antes de morir” para descubrir que no hay
muerte.
Como el conejo del sombrero que mostró a Alicia
esa puerta para luego dejarla atrapada en el mundo de sus propias
fantasías y temores, mis pensamientos eran narcóticos que me alejaban
de mi realidad. Pero aunque muchas veces lo intentaba, no tenia la
suerte de lograr con un simple golpe de zapatillas, retornar al punto
de partida. Muchas veces quise retornar a mi realidad de la misma
forma en que lo hizo Dorothy. Y cuando por fin creía que estaba
enfocado en vivir el presente, resulto que no era el presente lo que
veía, sino ese cristal empañado que miraba con los ojos del pasado.
¿Será por eso nos cuesta tanto expiar nuestras culpas y redimirnos con
todo aquello que alguna vez provoco una cicatriz en el corazón?
Sé que mi experiencia personal es la experiencia de
muchas personas aunque posiblemente en diferentes intensidades. No soy
distinto de nadie como nadie lo es de mi. Tan solo nos diferenciamos
en la manera de asumir y enfrentar los retos que la vida misma nos
pone al frente. No hay recetas mágicas, terapias ni psiquiatra o
psicólogo capaz de curar la peor enfermedad de todas: ser esclavos de
nuestra propia mente. Solo decidiendo acabar con la ilusión de vivir
juzgando por nuestras experiencias pasadas puede haber una diferencia
en el camino. Si logramos estar lo suficientemente presentes para ver
todas las cosas que suceden a nuestro alrededor, sin juzgar, estaremos
disolviendo el pasado con el poder de la presencia. En mi caso, el
observador silencioso de mi vida se volvió mi gran descubrimiento. Un
estado que esta por encima de mi propia miopía mental y que me ayuda a
regresar cuando me siento perdido. Y soy sincero al confesar que
necesito ser asistido constantemente. Cuando mi atención consciente se
desvanece, el pensamiento se apresura a aparecer, el ruido mental
regresa y mi quietud se pierde. He vuelvo a ser prisionero del tiempo
y regresa la tendencia a identificarme con las posesiones materiales,
el conocimiento, la educación, la apariencia física, las habilidades
especiales, las relaciones, los recuerdos, el trabajo y tantas otras
miles de cosas. Entonces si tengo suerte y despierto por un instante,
recurro de nuevo a la mirada silenciosa. Sin juicios ni preguntas. Tan
solo atento a observar como regreso poco a poco a mi otra vez.
“Sean como el sirviente que aguarda el retorno del
amo”, dijo Jesús. El sirviente no conocía el momento en que llegaría
el amo, así que permanecía sigiloso, atento y quieto. No fuera que
luego fuera a perderse su llegada... |