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¿NEURONAS DEL ALMA?

Marzo 17 de 2006

 

¿Pensar o sentir? He ahí el dilema. La disyuntiva existencial. La causa que cuestiona el efecto de aquello que nos sucedió o nos dejo de suceder.   Como buen acuariano, los estereotipos astrológicos siempre me han encasillado como una persona sumamente mental. De esas cuyo procesador neurológico suele ser más rápido que la intuición del espíritu o el hemisferio derecho del cerebro.  Sin embargo, debo reconocer que mucha de la problemática de ser tan calculado y pragmático en mi vida es la pérdida de espontaneidad que suele caracterizar más llamativamente a las personas. Y cuando me refiero a espontaneidad, no me refiero a romper las reglas y salirse de la rutina de vez en cuando. Me refiero a esa cualidad que provoca una sensación de que todo sucede tal cual tiene que ser.  De esa  forma de cautivación hasta por los detalles mas simples y modestos.  De ese “no se que” que hace todo simplemente impredecible e impreciso. Son esos rasgos que alguna vez cuando niños nos hicieron actuar mas en armonía con nuestra autentica naturaleza. Tan ausentes de estructuras y convencionalismos.. Cuando una mirada analítica de adulto no podía jamás escanear las secretas intenciones que guardaba nuestro corazón.  Cuando un rato de conversación con un adulto no lograba evidenciar que había detrás de una pupila que titilaba como estrella en el firmamento, porque aunque muchas veces lo intuían (todos tenemos esa conexión divina más allá de lo mental) de nuevo ese procesador mental de adultos, con todos sus megas de capacidad se volvía inoperante ante la sencilla presencia de alguien que “sentía” mas de lo que “hacia”.   Con el tiempo, los estudios, el vistazo a los noticieros, la TV  y la ventana que asoma a mi propia vida en sociedad, un día llegue a percatarme de que tal vez había estado saboteando por largo tiempo ese “sabor muy propio” que nos da un sello único de calidad como personas únicas.  ¿La razón? Creo que todos la sabemos...  Miedo, inercia, domesticación, o quizás ese impulso gravitacional que nos impide despegarnos de la tabla que según nosotros nos mantiene a flote en este mundo de auto-consumo y complacencia.  Claro, aun con la pose de personas exitosas y muy a la moda con las últimas tendencias que dicta la globalización, la perdida de nuestra autenticidad continua siendo un enigma que ni los eruditos antropólogos han podido resolver. 

 

¿Porque si me esfuerzo por ser cada día menos feo, menos ocioso, menos ignorante y menos común, termino pareciéndome mas a una partida de ejemplares clonados en el laboratorio de la mercadotecnia social?  ¿Porque al graduarme de la universidad con las formulas estandarizadas para triunfar, sigo creyendo que tengo al mundo en mis manos, cuando en realidad hay miles de ingenuos como yo exactamente creyendo y haciendo lo mismo? ¿Competir para que? ¿Para quién? ¿Será que mi coeficiente intelectual se quedo atrapado en una trampa de la que no me di cuenta?  En días recientes he tenido la maravillosa experiencia de trasladar parte de mi vida a la vida rural. Lugar donde al principio me sentí como la señorita Rottenmeier cuando se vio forzada a convivir con Heidi en las montanas (un comentario muy gay...)  Todo me resultaba incomodo, cero glamour y caos social (al que estaba tan acostumbrado) Hasta ponerme una camisa bonita me resultaba un desperdicio en un lugar donde las personas parecen no vivir pendientes del teatro de nuestro “modo vivendus capitalino”.  Con el tiempo me cayó la frustración de no encontrar un mall donde almorzar mis adoradas lasañas vegetarianas y ver de paso que ultimas novedades había tras las vidrieras de las tiendas mas sofisticadas. También llegué a la resignación de que hasta la elocuencia del discurso intelectual entre compañeros, amigos o extraños se tenía que reemplazar por la sencillez de las palabras, porque acá la gente tan solo se limita a expresar tan claramente lo que sienten omitiendo el arte de adornar nuestros mensajes con sarcasmo y eufemismos.

 

La mayor impresión de todas me la he llevado al retornar cada fin de semana a mi antro social capitalino para darme cuenta de que en pocos meses he recuperado mucho mi capacidad de sentir (de nuevo cito a Heidi, cuando retorno a su esencia) ¿Será que el aire de campo me ha limpiado un poco las neuronas del alma?  ¿Será que la paz y la quietud de lugares donde no importa tanto la facha o cuantas tarjetas de crédito tengas,  sino el trabajo y el verdadero placer de vivir con lo que realmente se necesita me ha cambiado la perspectiva del sentido de la vida? No lo se con exactitud. Pero realmente no me importa sino lo averiguo pues de eso se trata justamente, de no volver al acostumbrado dilema mental que todo lo cuestiona y todo lo mide para ver en que estructura se calza o se deja de calzar. Y siendo ahora el momento presente de mi vida, cualquier cosa que me haga retornar a esa mística personal, a esa forma de sentir las cosas sin necesidad de preguntas ni respuestas, es un regalo del alma.

 

La vida es maravillosa cuando permitimos que sus destellos nos invadan y nos despierten de cuando en cuando de esta ilusión de mundo que hemos creado.

23/07/2008 02:07 AM


 

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