Mensajes del

 

 

 

“LA ZONA DE CONFORT”

 

¿Cuándo sucedió que el mundo me quedo tan grande?  Quizá lo sospeché el día que mis 5 sentidos no bastaron para entenderlo. El mundo se había vuelto más que mi hogar, mi más profundo dilema.

Con el pasar de los años la indiferencia que abraza la adolescencia va dando lugar al implacable deseo por tratar de crear la “zona de confort” para la que pareciera hemos sido preparados desde muy niños. Una carrera exitosa, un trabajo que pague las cuentas y el estilo de vida que más nos apetezca. El resto de la vida parece que tan solo se limita a una cuestión de continuar soplando los dados y esperar algún par de 6.

Sin embargo cuando “la gran estructura” ha sido creada y nos hemos dado cuenta de lo que somos capaces, la fragilidad de nuestro ego nos demuestra una y otra vez que siempre hay algo que hará falta para completar el espacio de vida perfecto.  Nos aburrimos del espectáculo de nuestra propia vida y nos asomamos por la persiana para fisgonear lo que hacen los demás.  La TV nos muestra los acontecimientos del mundo y de este pequeño trozo de tierra que lucha por encontrar la mejor decisión para garantizarnos un futuro con dignidad.  Cambiamos de canal cansados de ver corazones pintados y echamos una mirada a la National Geographic para observar con asombro como una tribu en África incinera públicamente a sus muertos mientras celebra con danzas y tambores  la liberación de esta vida tan karmática.  Del susto recurrimos al control remoto y al rescate nos encontramos el canal de las luminarias del show bussines. En 10 minutos nos enteramos que se ha vuelto una moda que los famosos adopten niños pobres de dos en dos, también que vacacionar 28 días en fastuosas clínicas de rehabilitación es el nuevo destino de moda de algunos, y para cerrar el show,  el cielo se compra a la vuelta de la esquina con tan solo algunos depósitos en la alcancía espiritual de la Cienciología.   Saturados de todo eso,  preferimos sacar nuestro pase VIP para ir al lugar más “fashion del momento” y ser nosotros mismos los protagonistas de un efímero momento de popularidad. Pero cuando el plan parecía tan bonito, nos vemos de madrugada revueltos con los cientos de personas hacinadas entre ruido, tabaco y ese sinsabor de saber que todos los ahí presentes piensan exactamente lo mismo que nosotros: ¿en donde diablos esta la exclusividad de ser VIP?  

 

Al día  siguiente tratamos de salvaguardar el auto respeto y nos esforzamos por cambiar las tácticas mundanas desempolvando el último best seller que ingenuamente compramos creyendo que resultaría una nueva inversión intelectual.  Pero en el segundo capítulo nos atoramos y presurosos tomamos el primer atajo al video club donde la versión resumida de Hollywood  nos resulta perfecta para salir airosos por si alguien consulta nuestra opinión.

 

Llegado el descanso dominical, luchamos por agregar alguna novedad a nuestra rutina de ocio ultrajando nuestra billetera sobre lo que alguna vez prometimos ahorrar. Agotamos nuestros pies recorriendo el Mall de cabo a rabo porque la montaña estaba muy lejos y probablemente “llovería”.  Ventaneamos las tiendas y  deslizamos la tarjeta para comprar más autoestima y si de sobra nos topamos algún pobre estirando la mano, también abonamos para la redención.  Con tanto cansancio se abre el apetito y no puede faltar esa visita al festival gastronómico internacional mejor conocido como: “Fast Food” donde nos sentimos cosmopolitas preguntándonos a qué nuevo gourmet nos atreveremos esta vez. Pero el riesgo asusta y luego de tanto pensarlo, terminamos haciendo cola en el mismo lugar de tacos, hamburguesas y pollo frito. 

 

A pesar de nuestro deseo de creer que gobernamos el mundo, la dosis salvaje de trivialidad a la que estamos expuestos nos levanta la sospecha de que quizá la “zona de confort” se convirtió en esa jaula de oro donde tan solo parece bonito estar prisionero.

 

¿Porque habríamos de tomarnos la molestia de alterar el orden de un mundo donde aunque tal vez no sea así, creemos tener el control de todo lo que somos, hacemos y sentimos?   Involucrarse podría resultar peligroso. Podríamos temer no ser capaces de entender un mundo que está más allá de nuestra realidad, porque no habrá credos, libros ni programas de televisión capaces de protegernos del mundo real, si finalmente decidimos saltar sobre él. 

Nunca encontraremos la verdadera exclusividad que algún día pretendimos crear.   No existe la “zona de confort”.  Nunca fuimos mejores ni peores que aquellos que terminaron siendo reconocidos o ignorados. Nunca ha sido más costosa la montaña que un Mall, ni engañamos a nadie al cambiar la película por la magia que trae la lectura.

 

Pero por alguna razón, siempre resulta más fácil creerlo así.

23/07/2008 02:07 AM


 

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